ROSSETTI Y SIDDAL: un amor de ultratumba

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Dante Gabriel Rossetti y Lizzie Sidhal son los protagonistas de una historia real que queda envuelta en el misterio y la tristeza. La irlandesa Elizabeth Siddal (1829-1862) es uno de los personajes femeninos más notables en la Historia del Arte por su espíritu adelantado a su época: en lugar de someterse a la tradicional idea de que la mujer debía ser “cuanto más tonta mejor“, se veía atraída por la creatividad y la cultura y alcanzó el prestigio de reconocida poetisa, escritora y pintora. Además destacaba por su belleza -su rostro, su figura delgada y lánguida, su pelo rojo- hasta el punto de convertirse en la sex symbol de su época, siendo admirada y retratada por numerosos pintores del Prerrafaelismo. El mundo del Arte se inclinaba ante ella, era la mujer más deseada de su tiempo. Sin embargo, su trágica vida parece olvidada y solo es conocida por unos pocos.

Como era de clase baja, trabajaba en una tienda de sombreros… hasta que fue descubierta por un pintor que le propuso contratarla como modelo. Poco a poco su belleza fue cautivando a diferentes personalidades, hasta llegar al famoso y magnífico Millais (del que hablaremos en otra ocasión) que se basó en ella para realizar su gran obra maestra: Ofelia.

Un dato curioso: Millais la torturaba para posar en sus cuadros. Los pintores de la época eran un poco cabroncetes y querían captar de la realidad el gesto más enfermo, o el más moribundo… así que sin pensárselo dos veces les hacían a sus modelos todo tipo de barrabasadas. Por ejemplo, para posar en este cuadro, Elizabeth Siddal se pasaba 16 horas al día sumergida en una bañera de agua helada, durante todo el tiempo que le costó acabar su obra, para que Millais pudiera captar el “Rigor Mortis” necesario para hacer de su pintura una obra maestra. Así pues, Siddal cayó enferma, muy enferma, y no se recuperaría en toda su vida.

En ella aparecen diferentes elementos que quieren decir mucho más de lo que parece: Elizabeth representa a “Ofelia”, personaje trágico de la obra de Shakespeare que enloquece de amor no correspondido y sufre durante toda su vida por los engaños de su amado hasta el punto de perder su honra y su cordura… hasta llegar el día en el que decide poner fin a su sufrimiento suicidándose en el río. En el rostro de la retratada percibimos tranquilidad y alivio al encontrarse con la muerte, al fin. El peso del vestido la hunde, y justamente queda reflejado en el cuadro el momento en el que Ofelia exhala su último aliento antes de perderse para siempre en el agua del río. Vemos cómo sus manos se abren pues la vida la abandona, dejando libre un ramo de flores de amapolas y violetas. ¿Amapolas y violetas? Ya hemos visto en otra ocasión que las violetas simbolizan la muerte, y la amapola… ¿Qué puede ser? Representa la somnolencia, el opio, el estado de drogadicción. Y es que a Siddal le iba lo del opio, como a muchos otros artistas de la época. Es curioso pues este cuadro es una especie de profecía, como veremos.

A lo que íbamos… que al ver este cuadro, Dante Gabriel Rossetti se enamoró de la chica que aparecía retratada en él y se obsesionó con ella. Cuando consiguió conocerla, la hizo su modelo. Y después su esposa. Pero como muchas veces -tristemente- ocurre, el hombre empezó a querer poseerla él solo, y empezó la tortura de la bella Siddal. La apartó del mundo del Arte, le prohibió que se acercase a los demás pintores, la obligó a que solamente posara para él. Siddal dejó de escribir y de pintar. Sus celos eran enfermizos, y aprisionó a Siddal en la jaula de la que ella siempre había huido. Fue retratándola a ella cuando Rossetti obtuvo su mayor gloria y fama, somo si se hubiera casado con su propia gallina de los huevos de oro: todo lo que tenía que ver con ella, conseguía triunfar. Rossetti apartó de sí a todas las demás modelos… al menos durante un tiempo. Claro.

Y es que Rossetti, el ligón de Rossetti, no tenía ninguna intención de renunciar a tener otras amantes por muy obsesionado que estuviera con apartar a Siddal del resto del mundo. La dejaba encerrada en casa mientras él se iba a seducir otras modelos y acostarse con todas las mujeres que se dejaban, sin importarle en ningún momento la depresión de Lizzie, que de repente se encontró sola, reducida a la nada, encerrada y casada con un hombre al que no le importaban lo más mínimo sus sentimientos, pero que no la dejaba ser libre. Se pasaba los días en la habitación, llorando y fumando opio para alejarse de sus problemas… como una princesa de un cuento infeliz. Para colmo, Elizabeth tuvo un aborto y perdió a su hijo. Se quedó bastante tocada, y se quedaba meciendo la cuna vacía largas horas… Imagináos el panorama.

El más extravagante de los amoríos de Rossetti fue el que vivió con una modelo obesa a quien el poeta llamaba cariñosamente “Mi querido elefante“… eso sí, todas las amantes de Rossetti tenían que ser pelirrojas como su esposa. Contrariamente a lo que pueda parecer, la obsesión de Rossetti con ella no hacía sino crecer. Escribía sobre Lizzie: “…se la ve más delgada y más cadavérica y más bella y más desmadejada que nunca; una autentica artista, una mujer sin igual en mucho tiempo ; es de estimulante frescura … el sello de la inmortalidad“. No estaba muy bien de la chola, ¿no? La amaba con locura pero la encerraba, se iba con otras mujeres pero adoraba a su esposa, pasaba de ella todo el día pero escribía apasionadamente sobre ella. Y Siddal fumaba y fumaba cada vez más opio y el láudano que la ayudaban a dormir, intentando huir de los pensamientos acerca de las miles de aventuras carnales de su marido, las celos justificados, las mentiras, intentando olvidar cuán triste era su vida, y la cuna vacía que mecía.

La leyenda cuenta que Elizabeth, ya hundida en un infierno, no encontró otra salida que la Ofelia de Millais: el suicidio. Una noche de 1862, mientras él pasaba la noche en la cama con su “querida elefanta”, ocurrió lo inevitable. Al volver a casa, borracho como una cuba, el pintor entró al dormitorio procurando no hacer ruido. Lizzie estaba enferma, y los médicos le habían recomendado la más estricta calma. Luego, (imagináos la escena) la besó en la frente, y la notó fría. Elizabeth Siddal se quitó la vida esa madrugada ingiriendo una dosis letal de láudano.

Entonces Rossetti se dio cuenta de todo lo que había hecho. Además, su caracter supersticioso pronto recordó la reciente luna de miel, en la que pintó a Lizzie en un cuadro llamado How they met themselves (En castellano, “Como se encontraron consigo mismos”), una obra oscura que retrata el encuentro sobrenatural de la pareja con sus dobles, encuentro que, en la leyenda, acarrea una muerte inminente.

Entre esto y la culpabilidad que sentia al darse cuenta de que él había sido el “principal causante” de la muerte de su esposa, que entonces se dio cuenta de que siempre sería su único y verdadero amor por mucho que hubiera tonteado -y la hubiera traiconado- con otras, enloqueció. En el entierro, loco de culpa, aprovechó un descuido de los invitados para deslizar algo dentro del ataúd, bajo el pelo de la muerta. ¿Qué era? Un cuaderno manuscrito, una especie de sacrificio o expiación para aplacar a los demonios que, a partir de entonces, habitarían en su corazón. Se veía a sí mismo como el asesino de su esposa, de modo que decidió sacrificarle lo más preciado que tiene un artista: su obra. Rossetti había estado escribiendo todos esos años versos secretos que trataban sobre ella.

A partir de entonces, el artista se aisló por completo: se apartó de las mujeres, de los amigos, del mundo. Pintaba obsesivamente, y así permaneció durant años, solo, atormentado, acosado por espectros de cabellos rojos y miradas fulminantes.

Una de las pinturas más famosas de esta época fue “Beata Beatricce“. Y es que Rossetti se obsesionó con el paralelismo que existía entre su nombre (Dante), y la obra “El infierno“… que para más inri trata del descenso de un hombre a los infiernos para buscar a su amada, a la que había hecho una infeliz durante toda su vida, y murió antes de que él pudiera enmendar su error. En la obra, una mujer pelirroja tiene los ojos cerrados y posición muerta, el pájaro rojo representa la muerte, y vemos que lleva en el pico la amapola (el opio), la droga con la que Elizabeth se suicidó.

Y ahora viene la noticia bomba, y lo que realmente me ha inclinado a escribir sobre esta historia: Cuatro años después, un amigo suyo lo emborrachó y le sonsacó el secreto de los sonetos ocultos en la tumba de su esposa. Unos colegas que habían asistido a la conversación, animados por el alcohol, decidieron recuperar los versos que Rossetti había escondido bajo el cadáver de su esposa. Al comentárselo al pintor y poeta, que también se encontraba narcotizado y bebido, éste cedió. Así pues, los amigos empezaron los trámites para exhumar (eso sí, de acuerdo a la ley) el cuerpo de Elizabeth Siddal.

Rossetti no asistió a la exhumación del cadáver. Se dice que se quedó en una taberna bebiendo hasta caer inconsciente, por lo que no acompañó a sus amigos. Dos amigos del poeta, más un oficial de policía y un empleado del cementerio, desenterraron el ataúd de Lizzie… para quedar aterrados y sorprendidos al comprobar que ni el cuerpo se había podrido, ni había desaparecido su belleza. Como una bella durmiente de la vida real, su piel seguía fría pero tersa, como si hubiera muerto la noche anterior… y su cabello había crecido tanto que tuvieron que bucear en él para rescatar el anhelado cuaderno de poemas, que estaba intacto haciendo de almohada para la dama muerta. Y esta historia es real, como la vida misma.

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  2. Hola. Estaba buscando información en la red sobre la vida de Elisabeth Siddal. Hace ya años me impacto el cuadro de Ofelia de Millais y recientemente me enteré de la macabra ocurrencia de Dante Gabriel Rosseti gracias a un artículo de Clara Usón. Buscando, buscando, he tenido la suerte de dar con este relato tuyo tan bien documentado y tan ameno. Me ha parecido interesantísimo. Tengo que leerme el resto de entradas, seguro que son igual de buenas. Hay una historia tan triste y tan trágica como ésta, aunque parezca imposible, y que seguro que te gustará: la de Marga Gil y su relación con Juan Ramón Jiménez. En otro orden, o desorden de cosas, he cotilleado un poco tu perfil y coincido bastante con tus gustos: Monet, Klimt… (A partir del impresionismo, esto es desde las vanguardias para acá – Pollock, Kandinsky, Rothko etc etc -ya no me gusta casi nada). Una de las pocas excepciones es Támara de Lempicka, si puedes echa un vistazo a su obra, merece la pena. Un saludo cordial.

    • ¡Muchas gracias por dejar tu comentario, Juan Alberto!

      Pues sin duda voy a buscar a Támara de Lempicka y la historia de Marga Gil con Juan Ramón Jiménez. Hay verdaderas vidas e historias apasionantes dignas de una película. Muchas gracias por tus palabras y por pasar por mi pequeño lugar en la web, que aunque ahora esté un poco desangelado por culpa de los exámenes de la universidad, tengo varias entradas más en la nevera (Gauguin o Renoir) esperando ser publicadas. Vuelve cuando quieras, y a ver si escribo algo sobre Klimt que le tengo muchas ganas.

      Un abrazo cibernético!

  3. Hola. Como te comenté, leí tu texto buscando información sobre Elisabeth Siddal. Finalmente, escribí algo sobre ella. Me gustaría que lo leyeras a ver que te parece. Disculpa el atrevimiento.

    Elisabeth Siddal

    La primera vez que la vi, su cuerpo inerte vagaba a merced de la corriente de un río. Rodeada de arbustos y de flores y ajena a las penas y fatigas de este mundo, Elisabeth Siddal mostraba una belleza serena y misteriosa. Su mirada parecía perderse en el más allá y sus labios entreabiertos parecían estar pendientes de un beso de despedida. Sus manos, abiertas como alas de mariposa, componían un gesto de ofrenda, o más bien de entrega.
    Aquello ocurrió hace ya mucho tiempo, durante mi visita a una exposición que sobre los pintores prerrafaelistas había organizado una conocida fundación catalana. Uno de los cuadros allí expuestos, firmado por John Everett Mllais, representaba a Ofelia justo después de que su maltrecho corazón hubiera encontrado, si no consuelo, sí al menos alivio en brazos del más frío de los amantes. Ofelia, cuya belleza la eximia de pagar tributo a Caronte alguno, era arrastrada por aguas indiferentes hacia la tierra de la que nunca se ha de volver. Pero por aquel entonces yo todavía no sabía quien había tenido el privilegio de encarnar a la desdichada Ofelia. De esto no me enteré sino hace bien poco, mientras leía un artículo de cierta revista literaria que trataba de la vida de Dante Gabriel Rossetti, un famoso y desquiciado pintor que había estado casado, precisamente, con la modelo de dicho cuadro: Elisabeth Siddal. La que sigue es, someramente, su historia.
    Walter Howell Deverell supo que Elisabeth Siddal era la modelo perfecta nada más que la vio en la tienda de sombreros donde ella trabajaba. Pronto entablaron amistad y él la presentó a sus camaradas de la Hermandad de Artistas Prerrafaelistas, quienes quedaron hechizados por su belleza frágil y delicada y por su abundante y rojiza melena.
    Elisabeth empezó trabajando como modelo para el mencionado John Everett Millais, quien, para otorgar más verosimilitud a su Ofelia, hizo que ella posara en el interior de una bañera llena de agua durante todos los días de un frío invierno. Esta cruel exigencia se explica por el principio fundamental que regía la corriente prerrafaelista, que consistía en que el artista debía atenerse a reflejar la naturaleza, y hacerlo con el mayor grado de rigor posible. En cualquier caso, John Everett Millais ideó la forma de caldear el agua mediante unas velas, con objeto de que el sacrificio de la joven en aras del arte fuera compatible con su buen estado de salud. Lamentablemente un día su invento no funcionó y ella cayó gravemente enferma. Su padre obligó al pintor a costear el tratamiento médico, y ella, por su parte, no quiso volver a saber de él.
    Pero lo peor estaba todavía por llegar. Lo peor se llamaba Dante Gabriel Rosetti, pintor y escritor prerrafaelista que se enamoró perdidamente de ella y a quien ella correspondió con idéntico entusiasmo. El grado de enajenamiento de Dante era todavía superior a lo normal en las personas enamoradas: él se identificaba nada menos que con Dante Aligheri y a su amada, lógicamente le asignaba el papel de Beatriz, el amor platónico de este escritor renacentista. Al principio, ella sirvió de modelo para distintos pintores, pero desde que se hicieron amantes, sólo posó para él. Recíprocamente, él sólo la pintaba a ella. Con el paso del tiempo, sin embargo, las cosas cambiaron. La dedicación exclusiva de ella hacia él se mantuvo, tanto en el plano artístico como en el sentimental, pero la de él hacia ella se quebró como se quiebra una hoja seca. Dante encontró otras modelos, que alternaba con Elisabeth, tanto en sus lienzos como entre sus sábanas. Una y otra vez, después de cada infidelidad, ella se enfurecía y, una y otra vez, él le juraba amor eterno y le hacía promesas de matrimonio inmediato; juramentos y promesas que se rompían con una velocidad de vértigo. Hasta que un buen día, cuando ella ya estaba desesperada y apenas contaba con ello, se casaron por la Santa Madre Iglesia.
    Un giro radical parecía haberse producido en la vida de Elisabeth. No sólo se había casado con el amor de su vida, sino que al poco tiempo quedó embarazada de él. Un aciago día, sin embargo, perdió el bebé que con tanta ilusión esperaba y cayó víctima de una profunda depresión. A esta depresión también contribuyó la absoluta fidelidad que mostró Dante después de casado, fidelidad a su anterior costumbre de ir y venir alegremente por las alcobas de sus modelos. Una madrugada, al regresar a casa tras una nueva aventura, descubrió en la cama que compartían el cuerpo sin vida de la bella Elisabeth Siddal, quien se había valido del láudano para emprender su último viaje. El remordimiento y la pena se apoderaron de él y, como último gesto de amor, tan simbólico como inútil, enterró su obra poética junto al cadáver de su amada, entre sus largos cabellos cobrizos.
    Pasaron los años y Dante se hizo con un nombre dentro de los artistas de su tiempo, tanto en su faceta de pintor como de escritor. Sin embargo, él estaba íntimamente convencido de que sus mejores poemas no sólo no habían sido aún publicados, sino que en aquellos mismos momentos estaban siendo pasto de los gusanos. Y aquí es donde entra a jugar su papel en esta historia Charles Howell, amigo y agente literario de Dante, quien – más como lo primero que como lo segundo, porque estas cosas nunca están suficientemente pagadas –, una buena noche se acercó al cementerio de Highgate, exhumó el cadáver de la difunta Elisabeth Siddal, rescató el libro de entre sus otrora alabados cabellos y se lo entregó al infame Dante Gabriel Rossetti.
    Con alguna dificultad, Dante logró recomponer los poemas y con ellos publicó un libro titulado “La casa de la vida”, el cual tuvo una acogida bastante negativa, tanto por parte del público como de la crítica. La sociedad bienpensante de la época se escandalizó ante los pasajes del libro de alto contenido erótico. Como resultado de todo ello, así como del sentimiento de culpa que le ocasionó su infidelidad post mortem – que ni siquiera tuvo el valor de realizar personalmente-, Dante pasó los últimos años de su vida sumido en una honda depresión. Años en los que sus únicos compañeros fueron el alcohol y los recuerdos. A menudo acudía a su memoria la imagen de su amada tal y como la había visto por última vez: tendida en la cama, serena y misteriosa, ajena a las penas de este mundo, sus manos abiertas como alas de mariposa, su mirada perdida en el más allá y sus labios entreabiertos, como esperando un beso de despedida.

    Saludos cibernéticos

    • Juan Alberto!!! PERDÓNAME no había leído tu comentario hasta ahora mismo :O un año después de que lo escribieras

      Lo he leído entero, muy poético. Me encanta. ¿Lo vas a publicar en algún sitio? Sería genial que lo compartieras en un blog propio porque escribes muy bien, un estilo muy formal ^^

      De nuevo, perdóname por el INMENSO retraso en leerlo y contestar… debió de pasárseme

  4. Pingback: Bachillerato-Prerrafaelistas ,José Hierro y La Regenta. | Ya sabéis,la Literatura te salva siempre.No falla

  5. Interesantísimo relato, en especial pensando que es parte de la vida real . . . Ojalá pudieras poner el ícono para compartir en G+, y, si tuvieses el vínculo para descargar el poemario de Lizzie Siddal “La Casa de la Vida” Te agradecería infinitamente . . . Cordialmente . . . Ignacio FS

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