Archivos Mensuales: noviembre 2012

La muerte de Marat: el político mártir

Estándar

Vivimos tiempos políticamente duros. Una crisis económica que todo lo asfixia, una pérdida total de confianza en nuestros gobernantes -parece que nos hacen más mal que bien-, cada vez más gente se queda sin casa, los ricos son más ricos y los demás pierden lo poco que han conseguido, la clase política está lejos del pueblo y no se preocupa por los problemas del resto, surgen frases como “que se jodan” de boca de los necios de turno cuando aprueban recortes que afectan a los que menos culpa tienen en todo esto… A veces me da por pensar (aunque suene un poco bruto) que todo esto pasa porque a España no llegó la guillotina. Que tampoco es por meterme en asuntos políticos e ideologías, porque aquí no estamos para eso, pero parece que como aquí no llegó la Revolución los de arriba toman por tontos a los de abajo y solamente se preocupan por exprimirles el jugo (bueno, los billetes, porque otra cosa no les importa). Si cuando era el momento el pueblo se hubiera puesto en su sitio y hubiera cortado alguna cabeza que sobraba, otro gallo nos cantaría y existiría otra clase política más temerosa y respetuosa con los gobernados. Pero bueno, vamos a lo que vamos.

Hoy vamos a hablar de una obra que tiene mucho que ver con nuestro tiempo. Esta obra es “LA MUERTE DE MARAT“, de Jacques-Louis David (1.748-1.825).

Desde mediados del S. XVIII hasta mediados del S. XIX, Europa vivió una serie de cambios políticos, sociales y culturales que se proyectan en la Historia del Arte, asomándose hacia el espectador a través de las diferentes corrientes y movimientos complejos y diferentes al ojo atento. La Ilustración y la Revolución francesa no iban a ser menos, cambiando la mentalidad europea de una forma radical, y sentando las bases  del mundo que conocemos hoy en día. Esta obra se enmarca dentro del Neoclasicismo, que surge como protesta ante el movimiento anterior, el rococó (que se caracteriza, así hablando campechano, por pintar todo lo que se te ocurre quepa o no, y cuanto más inventes para que quede más cursi, mejor). El Neoclásico un arte frío y racional, que encuentra precisamente en los modelos de la Antigüedad Clásica la inspiración para desarrollar un arte ordenado, que refleje las virtudes morales del hombre  y que sea claro, simple y sencillo. Si la Ilustración defendía que todo el mundo pudiera ser instruido según el pensamiento lógico y científico, sin exageraciones, adornos ni religión o fantasías, pues el arte también seguirá esta doctrina y  transmitirá los valores del momento.

Pues bien, el autor de este cuadro estaba muy comprometido con la Revolución Francesa. Participó activamente en ella dentro del ala exaltada del grupo jacobino y amigo de Robespierre “el Incorruptible”. Fue uno de los regicidas que votó a favor de que le cortaran la cabeza a Luis XVI y a María Antonieta -de eso ya sabemos todos la historia-. Se convirtió en el pintor principal del Reinado del Terror; cuando murió, la Iglesia no permitió que recibiera un funeral católico… cosas de la época. Pero vamos a lo que vamos: ¿Quién es el protagonista de la obra que hoy nos ocupa?

La muerte de Marat

En esta obra queda inmortalizado el momento después de un crimen: el asesinato de Marat, que fue considerado una desgracia nacional. Pero… ¿quién era Marat?

La pintura representa el fallecimiento de un político y escritor de la época, Jean-Paul Marat, uno de los líderes de su tiempo. Éste escribía el periódico “El amigo del Pueblo“, que empatizaba totalmente con el pensamiento jacobino y era contrario a conservar en sus puestos intocables a los nobles/reyes/aristócratas, defendiendo la libertad de los habitantes de Francia.

Si alguien hoy en día mira la obra con poco interés, parece que el protagonista está tumbado desnudo en una cama y con un turbante en la cabeza, pero no es así. Marat aparece semi-sumergido en una bañera de la época, con el pelo recogido para evitar que se moje. ¿Qué hace en pleno baño?

La bañera nos transmite información acerca de este personaje: Marat a menudo tomaba baños de agua fría para suavizar los violentos picores y dolores de una enfermedad de la piel que, según dicen, había contraído años antes, cuando se vio forzado a esconderse de sus enemigos en las cloacas de París.

Incluso allí, metido en la bañera, trabajaba para la revolución: era metido en el agua helada donde escribía las cartas y mensajes inspiradores, pues se sobrepone al dolor para cumplir con su deber. Así pues, la bañera nos habla de la Virtud del protagonista, más preocupado por el pueblo y por el futuro de Francia que por su propio sufrimiento.

Junto a la bañera aparece una caja de madera, tosca y simple. No es ni siquiera una mesa, sino una caja. ¿Por qué? Este detalle representa la pobreza, la humildad, la integridad del político que desdeña los lujos conformándose con lo más básico. Habla de su comportamiento social, de su compromiso con los ideales revolucionarios. Y fue precisamente ese compromiso con el pueblo francés y ese trabajo el que lo llevó a ser asesinado: se buscó enemigos por sus ideas políticas -que, puntualizando, tampoco eran tan inocentes- y no solo los aristócratas, sino los contrarios a su pensamiento, decidieron acabar con su vida. También el remiendo de la sábana (que aparece en la parte inferior izquierda de la obra) nos subraya su pobreza y sencillez.

Fijémonos más en el detalle de la caja: en ella aparece un tintero, una pluma, una carta recién escrita y unos billetes. Esta carta recién escrita se dirige a una viuda, cuyo marido acaba de morir en la Revolución Francesa. Marat se preocupa por ayudarla (ayudar al pueblo que sufre y se entrega por el ideal de libertad) y le da su propio dinero para que ella pueda salir adelante. En esta carta, Marat escribe: “Entregue este billete a la madre de cinco hijos, cuyo marido ha muerto por defender la patria”.

La otra carta, que aparece aún sostenida por la mano de Marat, son unas palabras de una mujer pidiendo ayuda. Esta carta va firmada por una mujer, Marie Anne Charlotte Corday… acordaos de su nombre, porque luego viene la historia.

He aquí, en la parte inferior del cuadro, las dos armas: la pluma (el arma de Marat, el poder de la palabra y la razón) y el cuchillo (el arma del asesino, la forma de acallar sus ideas). El cuchillo aparece manchado aún de sangre brillante que mana de la herida en el pecho del protagonista (como vemos en el fragmento de abajo). La herida que mana del pecho o la sangre que tiñe de rojo el blanco que rodea la figura, no hacen más que insistir en la grandeza del héroe.

Pero el rostro de Marat no nos muestra ira, miedo o sensaciones negativas hacia la muerte, ¿no? Parece más bien tranquilo, y su boca luce una sonrisa… ésta es la sonrisa del deber cumplido, de haber llevado una vida plena y haber dejado completas sus responsabilidades. Marat puede morir tranquilo, pues ha sido capaz de cumplir su deber hasta el mismo momento de su muerte, que le sorprende escribiendo a los más desfavorecidos y trabajando por la Revolución.

Si volvemos a mirar la obra completa vemos cómo el fondo es totalmente sobrio, sin adornos de ninguna clase -recordad que el movimiento anterior a éste era el Rococó, menudo cambio-… pero sí hay un degradado, una sombra que va del negro al blanco: el espíritu de Marat se levanta y se aleja de los problemas (negro) para ir hacia la pureza y otro mundo mejor (blanco).

Pocas veces una pintura ha resultado tan paradójica, pues esta imagen polifacética es al tiempo un retrato, una pintura histórica en el más alto grado (el propio David lo subrayó en las listas que más tarde dejó de sus propias obras), una imagen realista, una idealizada, una cuestión candente, y una condensación erudita de múltiples modelos antiguos.

¿Pero, quién asesinó a Marat?

Está claro que la obra refleja un asesinato, no una muerte natural. ¿Quién acabó con la vida de este noble político comprometido con sus ideales, que era cercano al pueblo y se preocupaba por los desfavorecidos?

Pues ni más ni menos que la mujer que le envía la carta que sostiene en la mano. Charlotte Corday, de pensamiento monárquico, acudió expresamente a Francia para deshacerse de nuestro protagonista. Ella en un primer momento intentó disuadirlo de su actividad política: “ay, que si sigues así te vas a buscar enemigos”, “ay, que como sigas así vas a acabar mal”, “ay, que conozco gente que no te quiere bien”… típicas indirectas. Un día esta joven decidió que ya estaba bien de darle oportunidades para que dejara su senda política, y que era el momento de pasar a la acción.

Le envió una carta diciéndole que se había enterado de quiénes querían matarlo, y que le llevaría los nombres escritos en una lista esa tarde. Cuando Marat se metió en la bañera para aliviar sus dolores y trabajar, llegó ella. Y finalmente lo asesinó con un cuchillo que había escondido entre sus ropas. Ella, que había jugado a pasar por revolucionaria y a ganarse su confianza. Obviamente no acabó muy bien: le cortaron la cabeza cuatro días después. Charlotte creía que eliminando a Marat, acabaría con el terror de la revolución: “He matado a un hombre para salvar a cien mil”, se defendió antes de morir.

Marat y el pintor fueron amigos, así que al enterarse de su asesinato decidió inmortalizarlo en esta obra. La muerte de Marat cayó en desgracia al tiempo de la caída y ejecución de Robespierre, cuando acabó el Reinado del Terror. El artista fue perseguido por su participación en el Terror como amigo íntimo de Robespierre. Actualmente el cuadro “La muerte de Marat” se ha convertido en todo un icono y se encuentra en los Museos Reales de Bellas Artes, en Bélgica.

Anuncios

Vikingos: feroces guerreros del otro lado del mar

Estándar

Imagen

En la cultura hispana no se sabe mucho de los vikingos, a pesar de que llegaron a nuestras costas entre el año 800 y el 1066, cuando murió uno de sus grandes reyes (Harald Hadradi) en su lucha contra el soberano inglés del momento. No se suele hablar de estas gentes que venían de más allá de los mares, tan diferente a los habitantes del sur, que se iban tan lejos de casa para saquear y conquistar… o quizá nuestros antepasados solamente los llamaban “bárbaros” o “infieles“. De eso sí sabemos bastante, por desgracia.

El caso es que estos hombres del norte eran el terror de Europa. Y durante doscientos cincuenta años, los vikingos fueron protagonistas de la historia de países como Inglaterra: tanto como saqueadores de ciudades, jefes guerreros que acosaban a la casa real sajona por dominar la isla, y finalmente como reyes ingleses.

A finales del siglo VIII Carlomagno creaba un enorme imperio en el continente, pero los vikingos parecían tener la intención de crearlo en el norte. Llamados “los ladrones del mar“, saquearon las costas y llegaron al interior de diferentes países, hasta controlar cada vez más territorios. En concreto parecían completamente obcecados en  conseguir el dominio de Inglaterra –hombre, es comprensible, debía parecerles una sauna calentita comparada con el lugar de donde venían-, cuyas fuerzas empezaban a marchitarse por la división de los siete reinos que la componían.

En 787, tal como cuenta la Crónica Anglosajona, se avistaron tres extrañas naves en la costa de Wessex. A los pobres hombres que se quedaron para ver qué salía de esos barcos con cabeza de dragón (drakkar) no les fue demasiado bien, pues de ellas salieron guerreros que se dedicaron al pillaje y el saqueo por medio de crueles rituales. Los llamaron “wicingas” (ladrones del mar), pero una vez se montaron de nuevo en sus barcos no se les volvió a ver hasta cinco años después. Eso sí, al regresar Inglaterra se enfrentó a un infierno, pues desembarcaron en la costa de Northumbria, Jarrow y diversos pueblos. Esta vez habían llegado para quedarse: en torno a los años 870 la mayor parte de Inglaterra al norte del río Támesis ya estaba sometida a los vikingos. Y estaban a punto de comenzar algunos de los acontecimientos más importantes de esta historia.

Procedentes de Escandinavia, los vikingos se internaron en el reino de Wessex obligando al rey Alfredo el Grande a huir a una ciénaga. La zona se cubrió de sangre, saqueos y refriegas continuas entre los invasores y los invadidos que apoyaban a su rey, que finalmente logró volver al trono y expulsar a los vikingos de sus tierras. Asegurándose de que no caería otra vez ante ellos, fundó ciudades rodeadas de murallas y fortificaciones, así como mercados para cobrar impuestos que sirvieran para crear un gran ejército. Sin embargo no hubo tal paz, puesto que los vikingos seguían controlando parte de la isla y sus capacidades de navegación hacían que las peleas entre unos y otros fueran de lo más usual. Se sucedieron varios pactos entre el pueblo procedente de Escandinavia y el rey inglés, aunque no se conseguiría una victoria real contra los invasores hasta tiempos del rey Atelstan, nieto de Alfredo el Grande.

Imagen

En 929, Otón -líder de los vikingos- se casó con Edith, hermana de Atelstan, para asegurarse de que los invasores no atacarían de nuevo a la Corona inglesa. Desde su posición privilegiada, Edith contribuyó a la estrategia política de su marido pero también siguió de cerca a su hermano, que acabó coronándose definitivamente Rey de Inglaterra. Pero tampoco es que durase mucho la estabilidad, pues con el paso de los años hubo una guerra civil que devolvió la amenaza vikinga a las costas inglesas (aunque intentaron evitarlo con sobornos de toda clase, no fue posible impedirlo).

Uno de los héroes vikingos fue Hueso de Cuervo, un noruego llamado Olaf Trygvasson apodado Cracabnbe, que consiguió dominar las rutas de navegación inglesas con una pericia inquietante y unió los diferentes pueblos vikingos bajo su mandato, reuniendo en cierta ocasión más de 90 barcos saqueando y prendiendo fuego a todo lo que se interponía en su camino. Se libró contra él una de las batallas más encarnizadas de la historia, la batalla de Maldon.

La batalla de Maldon

Trygvasson acampó al norte del estuario del Támesis, no lejos del Londres actual. Allí acudieron los sajones y le retaron a cruzar desde su campamento a su territorio en tierra firme. Frente a Hueso de Cuervo estaba el conde Britnoth, un sex symbol de la época, con una hueste de soldados. Total, que Hueso de Cuervo se envalentonó y cruzó, dejando la muerte a su paso. Los soldados ingleses, aterrorizados, huyeron y dejaron a su señor allí, pues se negaba a abandonar el lugar (vamos, que bien no terminó, se convirtió en cadáver en menos que grazna un cuervo). La derrota hizo que el rey inglés se viera obligado a pagar a Olaf un terrible tributo, que empobreció a la población. Como Hueso de Cuervo era bastante codicioso y vio que aquí tenía fácil lo de sacarse unos cuantos millones de monedas, siguió volviendo cada cierto tiempo para que le dieran oro amenazando con matarlos a todos. Era un encanto de hombre. Tanto exprimía el vikingo a Inglaterra, que la gente empezó a creer que los ataques de sus huestes eran un presagio de que el final del mundo estaba cerca, y que la espada de fuego de los jinetes del Apocalipsis era vikinga. Los vikingos, ni cortos ni perezosos, quemaron una iglesia en Oxford con todos los feligreses dentro (que habían acudido a refugiarse con la esperanza de que Dios los protegiera).

Solamente lograron calmarlos entregándole a la reina viuda como esposa al siguiente rey vikingo, Canuto el Grande -sí, así se llamaba el pobre hombre- y los descendientes de ambos se convirtieron en los reyes ingleses, poniendo el punto y final a la historia de los vikingos en Inglaterra.

LA SOCIEDAD NÓRDICA

Los hombres, rudos y altos (en tono a 1’70 metros) solían tener la piel blanca y el cabello castaño o rubio. Acostumbrados a climas intempestivos, tormentas de nieve y temperaturas muy bajas, solían presentar huesos anchos y tener gran fuerza. Su estructura familiar se basa en las “estirpes”, con una gran importancia de los vínculos familiares y las relaciones personales. La poesía les apasiona tanto como una narración bien contada.

Por su parte, las mujeres medían en torno a 1’60 metros y tenían, como los hombres, una complexión fuerte y robusta. La mujer tenía un poder enorme que no se ha conocido en otras culturas: como debían pasar larguísimas temporadas solas en la tierra hostil y llena de peligros que llamaban “hogar” (por las largas temporadas de saqueo de sus maridos), eran ellas las que tenían el poder en la casa. Podían tener amantes, si las pillaban era su problema. Tenían en sus manos un arma terrible contra los hombres: podían divorciarse sin problema si alegaban que su marido era homosexual o impotente. Ambas acusaciones suponían la muerte civil del marido, por lo que más les valía tenerlas contentas.

Puedo cantar                                      mi propia historia,
hablar de mis viajes,                       y como a menudo he sufrido
tiempos de dura navegación       y días de mucho afán;
Amargas carencias                         a menudo en muchos puertos,
Y a menudo he aprendido            que difícil morada
es un barco en una tormenta,     cuando llegaba mi turno
en la ardua noche de vigía           a la proa del navío
viendo pasar los acantilados.     A menudo estuvieron mis pies
aprisionados por el hielo              en helados calzados,
Torturado por el frío,                      dominado por la angustia
Acongojado mi corazón,               anhelando una ayuda
Mi cansada mente de marino…  …Y todavía una vez más
La sangre en mi corazón                otra vez más
me empuja a intentarlo                  juegan las saladas olas;
El mar parecen montañas,            me urge nuevamente
El impulso de mi corazón              visitar lejanas tierras
A emprender un nuevo viaje,        en mares muy distantes…
Conocer a otras gentes

LOS VIKINGOS Y LOS ESPÍRITUS

Los seidr eran una especie de “chamanes“, sin ser curanderos ni sacerdotes tenían algo especial que los distinguía del resto. Tanto si podían predecir el tiempo, o afirmaban comunicarse con los muertos o con los dioses, si podían quitar el dolor de cabeza con solo una imposición de manos… Un famoso vikingo, Kveldulf, era seidr con el lobo. Se decía que el espíritu de este animal entraba en él en ocasiones: su humor se volvía más osco al caer la noche, y algunas veces salía al bosque para aullar a la luna. Cuentan las leyendas que su hijo Grim fue poseído una vez por el espíritu del lobo y destrozó la espalda al mejor amigo de su hijo. También las mujeres podían estar unidas a los espíritus y se las reverenciaba como Seidkona, haciendo profecías y conectando con el mundo de los muertos y los dioses.

LOS VIKINGOS Y LA GUERRA

Los Berserk (Ber= oso; Serk= camisa) eran guerreros que, por la ingesta de algún tipo de droga o por medios autoinducidos, entraban en un trance de furia asesina. Éstos no llevaban armadura y se creía que eran poseídos por el espíritu del oso. Eran los únicos  vikingos que podian llevar prendas de ropa hechas con la piel de este animal, ya que era indicativo de su cualidad en la guerra. Al entrar en trance echaban espumarajos de baba blanquecina por la boca, temblaban incontrolablemente, lanzaban aullidos aterradores e incluso mordían los escudos de sus enemigos con fiereza (vamos, que te encuentras uno de estos y te ponían los genitivos de corbata). En la guerra eran muy útiles, claro, pero en la paz daban muchos problemas por sus actitudes violentas, y las mujeres no querían tomarlos como esposos. Finalmente fueron erradicados por su comportamiento problemático.

CULTURA VIKINGA

Al contrario de lo que se piensa, el pueblo vikingo era muy aseado y limpio para la época. Como se recoge en un manuscrito, ” …gracias a su costumbre de acicalarse el pelo todos los días, bañarse cada sabado y cambiarse de ropa regularmente, son capaces de minar la virtud de las mujeres casadas e, incluso, seducir a las hijas de nuestros nobles para transformarlas en sus queridas…”. Gustaban de las ropas de tela de colores, no usaban las pieles a menos que no tuvieran otro remedio. Respecto al hecho de peinarse regularmente, cuando Harald juró que llegaría a ser rey de todos los Noruegos unificando esta nación, hizo voto de no peinarse ni cortarse el pelo hasta entonces. Durante 22 años fue llamado “el Peludo” (evidentemente por sus enemigos). Una vez cumplida la promesa su nombre cambió a Harald “el Rubio” o “el de los hermosos cabellos“. No hubiera sido muy prudente seguir llamándolo “peludo” después de conseguir la corona, ¿no?

Se ha encontrado un libro llamado El “Hávamal“, un manual de consejos que data del pueblo vikingo en el siglo X, para la convivencia en armonía, que contiene frases como:

– Cuando pases por una puerta ajena mira a diestra, mira a siniestra. ¡Quien sabe cuántos enemigos tienes en torno a la mesa!

– Cuesta trabajo visitar al mal amigo aun cuando pilla de paso. Pero es grato visitar al buen amigo aun cuando su casa está lejos.

– El hombre mísero y mal nacido hace bromas y se burla de todo. No se da cuenta de algo más obvio: sus propios defectos.

– El hombre sensato huirá de la sala si un invitado insulta a otro. Risa y sorna suelen incordiar, si hay hombres hostiles en la mesa.

– El hombre sensato no presume de sabio. Anda con tiento y con tacto. Callado y cauto acude a la aldea evitando enredos. No le falla su aliado más fiel: La cordura que le acompaña.

– Sabio en verdad es el viajero que se mueve por el mundo. El puede intuir el ánimo imperante por ser sensato y cuerdo.

 Muere el ganado, perecen los parientes y el destino del hombre es perecer, no así la fama del hombre que ha obrado bien

– Se amigo de tus amigos, devuelve regalo por regalo, sonrie donde te sonrian, y miente con disimulo

– Confía en uno, nunca en dos y si lo haces en tres lo sabrá todo el mundo

ARTE VIKINGO

Se denomina arte vikingo al desarrollado en los países nórdicos y sus áreas de influencia durante la época vikinga (siglos VIIIXII). Forma parte del estilo zoomórfico germánico, desarrollado a partir de influencias del arte romano tardío, el arte celta y motivos de los pueblos de las estepas de Asia.

Se trató principalmente de un arte aplicado, presente en objetos de la vida cotidiana, tales como herramientas, utensilios y joyas, aunque también se utilizó en piedras rúnicas y de manera tardía en iglesias. Se conservan principalmente ejemplares de este arte en metales y piedra, pero también estuvo presente en madera y tela.

(más información en http://es.wikipedia.org/wiki/Arte_vikingo)

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Recomendación: si os gustan las películas de animación, os propongo una muy curiosa llamada THE SECRET OF KELLS. Trata brevemente la expansión vikinga por Inglaterra, siendo el acontecimiento más terrible al que se enfrentan los personajes, a la vez que desarrolla una historia mágica que tiene como protagonista al pequeño Brendan. Aquí tenéis el trailer por si os apetece buscarla. Si no os importa ver las películas en su versión original, podéis disfrutarla muchísimo en inglés subtitulada. De verdad, no tiene desperdicio y es una de las películas de animación más bonitas que he visto en la vida.

ANIMALES FANTÁSTICOS Y DÓNDE ENCONTRARLOS: el grifo

Estándar

A los lectores que gusten de la literatura fantástica no hace falta describirles qué animal es un grifo. Tampoco a los interesados en la mitología o la cultura clásica, y seguramente casi todo el mundo los ha visto en las películas o en alguna ilustración de cuentos infantiles.

El grifo es un animal fabuloso mitad león, mitad águila. Es una de las bestias fantásticas más carismáticas y representadas a lo largo del tiempo, por sus connotaciones positivas y el simbolismo que contiene su forma híbrida. Seguro que si nos acercamos a cualquier iglesia o catedral de nuestra ciudad podremos distinguir entre los muros de piedra, las tallas y las gárgolas a este ser. A veces costará reconocerlo, claro está. Hemos de tener en cuenta que en la época de las grandes catedrales la gente no tenía la capacidad ni la necesidad de realizar grandes viajes, y mucho menos tenían una cámara de fotos del futuro para saber qué es un león, qué es un elefante, cómo son los cocodrilos o a cómo se dibuja un rinoceronte. Dichos animales, para ellos, no existían. En aquella época solían encontrarse descripciones sobre animales lejanos tales como “un elefante es un animal grande como una torre con patas como árboles al que le crece una serpiente donde debiera tener nariz“. ¿Cómo dibujaríamos un bicho a partir de una descripción así? Pues eso: ante la duda, imaginación.

Parece que el nacimiento de la figura del grifo se sitúa en el arte de Mesopotamia y Egipto, donde se veneraba su figura majestuosa. En los jeroglíficos, el grifo representa el calor y el verano. En Asiria (antiguo imperio del oeste de Asia), tanto el grifo como el dragón representaban la sabiduría. Posteriormente los griegos lo adoptaron en su mitología: Una leyenda asegura que Alejandro Magno (356-323 a. de C.) puso arneses a ocho grifos y los sujetó a una cesta, que él posteriormente empleó para volar hasta los cielos y conquistar lo que existiera más allá de las nubes puesto que ya era suya toda la tierra. Plinio el Viejo creía que los grifos provenían del norte de Rusia; Esquilo, por su parte, pensaba que provenían de Etiopía, mientras que Bulfinch afirmaba que sus orígenes se encontraban en India.

En la Edad Media se creía que estos animales fantásticos existían por alguna parte, y constituían una parte muy importante en el imaginario medieval. Aparecían en los famosos bestiarios de San Basilio y San Ambrosio, que daban a los animales rasgos del comportamiento humano, asociándolos a las Siete Virtudes o a los Siete Pecados Capitales. Así, dividían a la fauna en “buenos” o “malos”… sí, un poco maniqueístas sí eran. Pues el grifo era un animal de las filas del “Bien”, y tenía como enemigo mortal al dragón, “el aprendiz/siervo/acompañante de Satanás”. Al igual que los dragones, las historias contaban que los grifos custodiaban tesoros de oro y gemas, siendo especialmente feroces a la hora de defenderlos de posibles ladrones. Pero lo más importante es el sentido de nobleza que tenían, dado que se componían de partes de los animales considerados más regios en los bestiarios de aquél entonces: el león y el águila, juntos eran los reyes de la tierra y del aire, respectivamente. Además, eran guardianes feroces de lo sagrado, y se les encontraba tanto en los templos como en los lugares que contenían profunda sabiduría, como bibliotecas. También se los representa como los protectores del Trono, y aparecen en castillos y palacios.

Además, como es un bicho bastante bonito y elegante, se lo utilizó muchísimo en la Heráldica. Muchas banderas de naciones o ciudades se elaboraron bordando este híbrido. Todos los nobles y aristócratas querían un grifo rampante en su escudo, pues representaba la vigilancia, el ingenio, la majestuosidad y la fiereza. Incluso hoy en día muchas instituciones lo han adoptado, sobre todo la policía o el ejército:

En cuanto a la religión, al principio fue tambien representado como una figura satánica que se divertía atrapando almas humanas, la criatura mas tarde se convirtió (a partir de La Divina Comedia de Dante) en un símbolo de la naturaleza dual (divina y humana) de Jesucristo, precisamente por su dominio del cielo y tierra.

Mirando más adelante en la historia encontramos a Lewis Carroll, que empleó al grifo como uno de los soberbios habitantes de el País de las Maravillas que visitó Alicia. Aparece como  un tipo autoritario, despectivo y que se cree poseedor de toda la sabiduría, sin arriesgarse a escuchar al resto de personajes ni a empatizar con ellos: está muy por encima del resto.

Además de grabados, ilustraciones en libros de todas las épocas y tallas en edificios podemos ver este animal fantástico en obras como:

MOREAU

Howard Pyle

RUSKIN, MILLAIS Y GRAY: El gran cotilleo victoriano

Estándar

En 1854 la ciudad de Londres se llenó de cuchicheos y risitas. En las fiestas no se hablaba de otra cosa, se comentaban detalles en eternos chismorreos, era un secreto a voces que causaba más escándalo que la Guerra de Crimea. Y es que, para la beata sociedad de la época, lo ocurrido al famosísimo y célebre crítico de arte John Ruskin era un escándalo digno de debatirse y comentarse tanto por las mujeres en las salitas de té como por los hombres mientras bebían y fumaban puros en sus clubs. ¿Qué suscitaba tamaño marujeo? ¿Qué cotilleo era tan importante como para que se dejara la preocupación sobre la guerra en un segundo plano?

Imagen

fotografía de J.Ruskin

Hoy os traigo un culebrón de época, que empieza con una boda célebre: John Ruskin, el crítico de arte más importante de Inglaterra, que además era escritor y sociólogo (sí, era un buen partido y estaba muy codiciado) se casó con una guapa jovencita de Escocia, Effie Gray. Las familias de los Ruskin y los Gray se conocían desde hacía muchos años, de hecho los novios se habían conocido cuando él tenía 21 años y ella 12… con lo que se llevaban unos añitos. Bueno, es conocida la fascinación de Ruskin hacia la belleza de las niñas,”…una noción infantil de la feminidad, mitad gatito, mitad reina de las hadas, y cuando la confrontaba con la realidad retrocedía horrorizado“.

Ruskin era el único hijo de un matrimonio muy religioso, y tenía un gran apego hacia ellos puesto que lo habían sobreprotegido toda su vida. Él nació cuando sus padres tenían 40 años, por lo que lo trataban como a un tesoro frágil: de niño no podía tener compañeros de juego ni amigos, porque a sus padres les preocupaba que pudieran ser una mala influencia o le hicieran daño. Cuando se hizo mayor de edad, su madre lo acompañaba a todas partes por si le pasaba algo. Vamos, lo más normal del mundo.

Total y volviendo a la historia, que nada más que Effie Gray llegó a la “edad aceptable para casarse”, Ruskin estaba coladito hasta la médula por ella, y empezó con su seducción en forma de cartas donde declaraba su amor y poesías interminables sobre su belleza y todas sus cualidades. Finalmente, le pidió su mano y ella aceptó, conquistada.

Imagen

Effie Gray, retrato de Millais

La boda se celebró en casa de Effie, aunque los padres de Ruskin no acudieron: aunque les gustaba la chica y les caía bien su familia, no querían compartir a su pequeño y único hijo con nadie (ni siquiera con su propia esposa)… estaban muy cabreados con su John porque se iría de casa. 

Después de la boda y del festejo, ya sabéis lo que ocurre. Pues la noche de bodas fue un auténtico y completo desastre: parece que John Ruskin, uno de los hombres más cultos de Inglaterra, no había visto una mujer desnuda en su vida y se pensaba que eran como las de las esculturas clásicas o las de los cuadros… una cosa así:

Imagen

ImagenImagen

¡¡Ay, cuando Effie se quitó la ropa!! ¡¡Ay, cuando vio que tenía pelo ahí donde las estatuas están calvas!! Retrocedió horrorizado, muerto de terror y de asco, y se negó a consumar el matrimonio. Imaginad a la pobre Effie, a la que por su belleza y sus ojos azules todos habían intentado conquistar, cuando se vio rechazada por su marido en la noche de bodas. Tremendo.

Se pasaron así cinco largos años, en los que el matrimonio vivía como si fueran compañeros de piso, sin tocarse ni mirarse porque a Ruskin le daba asco. En todo este tiempo, John le ponía excusas de mal pagador: “tener hijos arruinará tu deliciosa silueta”, “no puedo acostarme contigo por motivos religiosos”, “tenemos que esperar para demostrar nuestro amor”, “los niños no me gustan”... Al final a Ruskin se le acabaron los cuentos y se sinceró diciendo “Es que yo pensaba que las mujeres eran otra cosa“.

 En 1852 ocurrió algo: John Everett Millais, un joven pintor (también del prerrafaelismo como los protagonistas de esta entrada) le pidió a la bella  Effie Gray que posara para un cuadro que tenía pensado: The Order of Release (La Orden de Liberación).

Imagen

LA ORDEN DE LIBERACIÓN: La pintura representa a la esposa de un soldado rebelde escocés, que ha sido encarcelado después de que el aumento de Jacobite de 1745 , llegando a una orden de asegurar su liberación. Ella sostiene a su hijo, que muestra la orden de un guardia, mientras que su marido la abraza. El perro simboliza la fidelidad.

Mientras ella posaba, en las largas horas y los largos días que pasaron hasta que Millais completara su obra, Effie y Millais se hicieron grandes amigos: al final, Effie le confesó entre lágrimas sus problemas maritales. Que su marido siempre la miraba como si fuera deforme, que se sentía horrenda y desgraciada y que, después de cinco años de casada, seguía siendo virgen. Y no solamente en el sexo tenían problemas, sino que en lo emocional su marido la mareaba también: cuando Effie y él estaban separados, le escribía bellísimas cartas de amor, pero cuando estaban juntos él la trataba como a un par de zapatillas viejas. Además no quería darle ningún tipo de independencia, y aunque ella se rebelaba contra la opresión, él montaba en cólera y le impedía que acudiera a fiestas o visitara a sus amigas. Le contó que los padres de él la acusaban de que Ruskin no siguiera escalando en su carrera, que consideraban que ella no era suficientemente agradecida, y él les daba la razón… Millais y Effie compartían cada vez mas cosas, y se fueron haciendo más cercanos.

El cuadro tuvo un enorme éxito en toda Inglaterra y fuera de ella, así que John Ruskin pensó que no iba a ser menos que su esposa: si ella había sido retratada por el gran artista Millais, él también… ¡Hombre ya! Así pues, le pidió a Millais que también lo inmortalizara en un retrato. Para ello, le invitó a pasar el verano con ellos en los Trossachs. Y allí, durante ese verano, pasó lo inevitable y lo que tenía que pasar: Millais y Effie Gray se enamoraron.

Imagen

Retrato de Ruskin por Millais

Al acabar las vacaciones, Effie decidió ser valiente y decirle a su marido que lo suyo se había acabado. A pesar del berrinche de Ruskin, la joven estaba harta de él y solicitó la anulación de matrimonio alegando que su marido era impotente. ¡Ay, la que se armó! Ruskin intentó defender su honra, y contratacó diciendo que Effie era una desequilibrada mental y que no quería arriesgarse a tener hijos locos con ella. ¡Con dos co**ones! Así pues, la pobre Effie tuvo que someterse a un examen médico para, además de negar que estaba loca, se acreditara que seguía siendo virgen. Para ella, la perspectiva de un examen físico público y tener que declararlo todo era tan vergonzosa que pasó con una parálisis de shock 10 días, pero era fuerte y aún así continuó adelante. La opinión pública estaba enloquecida –no olvidemos que Ruskin era un hombre muy conocido y famoso en Londres– y los secretos de la pareja empezaron a airearse y comentarse en todos los rincones. ¡Era un escándalo!

Finalmente, Effie Gray consiguió la anulación en 1854, y decidió hacer todo lo posible por no equivocarse nunca más en temas de hombres: hizo que Millais esperara siete meses sin verla, para probar si sus sentimientos hacia ella eran sinceros. Y parece ser que así fue, pues un año después se casaron tremendamente enamorados. Su matrimonio fue inmensamente feliz y tuvieron nada más y nada menos que ocho hijos… por supuesto, ninguno estaba loco.  Millais se convirtió en un hombre rico y respetado, uno de los pintores más famosos y, aunque por el escándalo que Effie había suscitado no se le permitía verse con la Reina Victoria (amiga de la familia), ambos pasaban el tiempo con la Familia Real inglesa sin ningún problema.

Ruskin intentó casarse de nuevo con otra adolescente, pero la familia tuvo sentido común y pidió su opinión a Effie por carta… finalmente, Ruskin no volvió a casarse: ni con ella, ni con ninguna niñita más. Fue demandado por libelo y su reputación se destruyó, con lo que sufrió una depresión eterna y visiones delirantes, y no se le volvió a ver más.

Lo que viene siendo un final feliz de cuento de hadas.

Imagen

Effie Gray y John Everett Millais

Millais inmortalizó a su esposa y a dos de sus hijos en un cuadro posterior llamado “PAZ CONSUMADA” (Peace concluded) en la que aparece un soldado herido en la Guerra de Crimea (que pasó mientras se desarrollaba esta historia marujil) que llega a casa para estar con su familia.

Imagen

Paz consumada: Las niñas juegan con un arca de Noé, un juguete muy de moda en la época, y los animales que han colocado sobre la falda de su madre, de color rojo sangre, simbolizan los cuatro países que habían luchado en la contienda: el león representa a Gran Bretaña, el gallo a Francia, el oso a Rusia y el pavo al Imperio Otomano (Turkey en inglés significa “Turquía” y “pavo”). La niña de la izquierda sostiene en la mano una paloma, símbolo de la paz, y nos mira con aire interrogante. Cuando se expuso en público, hasta el cretino de John Ruskin admitió que era una gran obra de arte que pasaría a la historia. Y aquí sigue.

OTRAS OBRAS DE MILLAIS:

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

APOCALIPSIS: eso que nunca llega pero siempre se teme

Estándar

Si es que no tenemos remedio. Ahora mismo recuerdo dos veces en las que, en mi vida, me han dicho que el mundo se acababa. La primera fue en el año 2000 (que a mí me pilló con diez años, y me daba mucho cague), y pasó porque unos fundamentalistas protestantes y sectas marginales como los Testigos de Jehová o los adventistas del Séptimo Día empezaron a ponerse histéricos con que la venida de Dios era inminente y no iba a dejar vivo ni al Tato porque todos somos unos pecadores de la pradera. Se publicaron muchísimos libros sobre el tema, sobre supuestas profecías de la Biblia e interpretaciones de las escrituras, palabras de Nostradamus… además se sumó a la creencia pública de que las máquinas explotarían -o algo así- porque no sabrían pasar de “1999” al “2000”, y no podríamos sobrevivir. ¿Pero cómo no van a saber pasar al “2000”? ¡Como si no nos hicieran ellas las integrales trigonométricas, ecuaciones diferenciales,  y restas llevando! Vaya poca fe. El caso es que cundió el pánico, la gente estaba convencida de que cuando sonaran las campanadas el mundo se desplomaría y se tragaría a Ramón García, todos nos ahogaríamos con las uvas… un desastre. Obviamente luego no pasó nada y se nos quedó cara de paletos. Pero nos dejó anécdotas graciosas, como la de una secta taiwanesa que creía que Dios volvería y salvaría a los integrantes del grupo dejándolos entrar en su Ovni.

Ahora estamos con la profecía del apocalipsis maya, que señala diciembre de este año como fecha del acabóse. Pues yo ya me quedé con cara de tonta cuando era pequeña, y esto no me lo creo. Y es que el ser humano lleva TODA SU HISTORIA sembrando miedos y temores con diferentes fines. Las antiguas civilizaciones metían miedo para controlar a la población amenazándoles con que, si no obedecían y se portaban bien, se les caería el cielo en la cabeza. Los sacerdotes romanos amenazaban con un diluvio universal si las mujeres no eran castas. En el año 999 la gente se volvió loca y regalaba sus propiedades a los mendigos, se portaba bien y rezaba mucho por si acaso. En 1186 la “Carta de Toledo” advertía a la gente que tenía que esconderse en cuevas y montañas porque el mundo sería destruido. En 1524 un famoso catedrático anunció que la conjunción de los planetas del signo Piscis traería el fin del mundo por inundaciones, cundió el pánico y la gente se mataba (literalmente) por quedarse el barco de su vecino… y así cientos.

Bueno, lo que aquí nos interesa es que los artistas también tuvieron miedo en su época, y plasmaron este pánico al fin del mundo en sus obras de arte. Por ejemplo, tenemos al alemán Albretch Altdorfer con un cuadro llamado “La batalla de Alejandro Magno“.

Este cuadro representa la batalla de Alejandro en Issos (333 a.C.) pero tiene una segunda lectura: en la época en la que se pintó, había una gran guerra contra los musulmanes. Así,   al igual que Alejandro había vencido a los persas, ahora el cristianismo derrotaría a los turcos, o se acabaría el mundo. El cielo ocupa una parte importante del lienzo… y aparece una luna en la esquina superior izquierda y el sol poniente en el lado derecho.  Estos dos astros eran símbolos del islam (Luna) y el cristianismo (Sol), pero lo más importante es el aspecto amenazador del cielo, que parece anunciar un suceso temible.

Hoy en día se sabe que Altdorfer se basó en unos escritos de su paisano Schedel, que hacía referencia a diversos hechos históricos –entre ellos la batalla de Issos– poniéndolos en relación con el fin del mundo. Schedel creía que la historia del Ser Humano se dividía en siete edades (número sagrado, ya sabéis), y que la séptima estaba tocando a su fin, por lo que el apocalipsis llegaría. Lo curioso es que el mismísimo Lutero también estaba convencido de esto, aunque por motivos distintos: se basaba en el profeta Daniel, quien habría anunciado que tras cuatro imperios, llegaría el reino de Dios. Estos imperios serían el babilonio, el persa, el griego y el romano… y como todos habían desaparecido ya, pues tocaba recoger la fiesta. Lutero decía haber sufrido muchas pesadillas en las que contemplaba la llegada del Juicio Final. Un drama. Claro, la gente oía a este celebrity de la época hablar sobre eso y se moría de miedo.

Otra obra y otro artista: se conserva en Viena una acuarela de Durero que, aterrorizado por un sueño (que consideró profético) se levantó corriendo para ir al taller y poner por escrito -y por dibujo- lo que había visto esa noche.

«En 1525, durante la noche entre el miércoles y el jueves después de la semana de Pentecostés, tuve esta visión mientras dormía, y vi cómo unas muy grandes aguas caían desde los cielos. La primera golpeó el suelo a unas cuatro millas de mí con una fuerza tan terrible y un ruido tan enorme, que inundó toda la campiña. (…) Y el aguacero siguiente fue enorme. Algunas de las aguas cayeron a alguna distancia, y otras más cerca. Y venían desde una altura tal, que parecían caer muy lentamente. Pero la primera tromba de agua que golpeó el suelo lo hizo tan repentinamente, y había caído a tal velocidad, y estaba acompañada por viento y por un rugido tan aterrador, que cuando me desperté todo mi cuerpo temblaba, y no pude recuperarme durante un tiempo. Cuando me levanté por la mañana, pinté lo que se ve arriba tal y como lo había visto. Ojalá cambie el Señor todas las cosas para mejor.»

Otro de los cuadros que más destacan sobre esta temática es “El triunfo de la muerte“, de Brueghel (del que he puesto una miniatura al principio de la entrada). Ríete tú de Tarantino: ciudades ardiendo, el mar plagado de naufragios, en la orilla hay una casa donde ha desembarcado un ejército de esqueletos, se alzan mástiles coronados por ruedas de tortura, los muertos asesinando a los vivos, ahorcados… Vamos, lo normal en un apocalipsis. Recomiendo que pinchéis en la imagen. Podemos jugar a “Busca a Wally”: encontrad al bufón, al rey, al monstruo-libélula, al hombre que se despeña, al ahogado con la pancha llena de agua y a la pareja de amantes que pasan de todo.

Total, que el terror inundaba las ciudades y las sociedades, surgían sectas hasta debajo de las piedras -algunas volvían a hacer sacrificios humanos-, la gente se suicidaba… un empastre que los gobiernos no sabían cómo erradicar porque también estaban cagaditos de miedo. Entre los años 1500 y 1650 se pintaron más de doscientas pinturas que representaban la destrucción de Sodoma y Gomorra, un episodio bíblico de clarísimas connotaciones apocalípticas y de castigo por no servir a Dios. Al final el apocalipsis que tanto temían no llegó, pero quedó para siempre plasmado en los lienzos y grabados que han pasado a la historia y nos previenen de fiarnos de estas predicciones de muerte y pánico.