Archivos Mensuales: marzo 2013

La tumba de Gengis Khan: el gran misterio mongol

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La tumba de Gengis Khan: el gran misterio mongol

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Estrenamos sección nueva, dedicada a las grandes obras que se han “perdido” a lo largo de la Historia, y que hoy en día siguen siendo un enigma. Puede que esta vez no tenga tanto que ver con la Historia del Arte, pero sí con la Historia de Civilizaciones. Uno de los grandes retos de los arqueólogos modernos sigue siendo la tumba de un personaje histórico que conquistó casi medio mundo: Gengis Khan, el rey de los mongoles.

En primer lugar, debería deciros que empecé a interesarme por la historia de los mongoles (me ahorraré decir “historia mongola” porque queda como… poco serio) a través de un artista e ilustrador que merece una mención especial por su estilo personal y la calidad de todo lo que hace. A mi me fascina. Este artista es PHOBS, y lo podéis encontrar en su Deviantart.

Es un verdadero apasionado de la historia y está enamorado de los mongoles, sus leyendas, la estética de su imperio.

¿QUIÉN FUE GENGIS KHAN?

Los españoles que no se interesan un poco no saben casi nada sobre Gengis Khan, a diferencia de los alumnos en el centro de Europa y en Rusia. Hasta aquí no llegó la conquista y saqueo mongol, por lo que nos queda un poco lejano, así que en el colegio ni siquiera se nos explica quién fue y hay que tener suerte con que nos lo nombren. Gengis Khan alzó de la nada un imperio al unir bajo una ley férrea a todas las tribus mongolas –entonces grupos de menos que bandidos, saqueadores y violadores– y con su gran ingenio militar cabalgó sobre ciudades y reinos hasta llegar a Europa. gengis-khan

A grandes rasgos, Gengis Khan no se llamaba Gengis Khan. Su nombre fue Temujin, y nació en una familia noble que, a la muerte del padre (envenenado a traición por los tártaros), se vio obligada a vivir en la miseria y en peligro de muerte constante. Temujin eligió a su esposa Börte cuando tenía 8 años, y años más tarde logró recobrarla. Al día siguiente de su noche de bodas, un clan enemigo la secuestró sin que él pudiera hacer nada… así que se armó un pifostio. Temujin acudió a un amigo suyo, éste llamó a sus colegas, y se hizo una guerra por una mujer, algo impensable e inenarrable en la sociedad mongola (donde la mujer valía menos que un caballo, valía un abrigo de piel de marta). Total, que después de masacrar el clan enemigo, un año después, resulta que Börte había tenido un hijo de sus captores. En lugar de repudiarlo, Temujin le puso por nombre “Sochi“, que significa “extranjero, visitante”… para dejar claro que no se trataba de uno más del clan. Sin embargo, lo educó como hijo propio, y según parece lo quiso como si fuera suyo. Después, Temujin volvió a caer en desgracia por la traición de sus amigos y lo cogieron como esclavo… aunque su esposa consiguió liberarlo después de un tiempo. Fue entonces cuando se decidió a unificar a los mongoles en una sola tribu para que dejaran de pegarse mamporros entre ellos y que se los pegaran a otros, y dijo “se van a cagar estos chinos”. Y allí que se fueron los mongoles, a pegarles a base de bien. Tan buenos tortazos les metieron, que los conquistaron. Se proclamó Gran Khan y se cambió el nombre. Con su esposa tuvo muchos hijos legítimos más, que en el futuro fueron sus herederos. Y no se paró ahí: luego fue Rusia, y luego Europa, Persia, también conquistó parte de Oriente Medio, además de la India. Gengis Khan tuvo 36 esposas, que le dieron chorrocientos hijos (no los conoció a todos, supongo). Además, violaba a todas las mujeres que podía… por lo que en estos momentos no menos de 16 millones de personas en este planeta son de una misma familia (tienen una misma pauta genética), y esa familia no es otra que la de Genghis Khan.  “La mayor felicidad”, dejó dicho, “consiste en derrotar a tus enemigos, perseguirlos, robarlos y acoger en tu regazo a sus esposas y a sus hijas”. Encantador, directo y tan eficaz como un mal virus. El Imperio mongol, como tal, desapareció a finales del siglo XII, aunque su influencia sobre los territorios que había conquistado duraría siglos.

Gengis Kan murió en 1227 de una caída de caballo, de una herida o quizá de tifus, según otra leyenda, mientras sitiaba Ningxia (hoy Yinchuan, en China), capital del reino de Xi Xia. Fue cerrar un ciclo. Con la conquista de esa misma ciudad había comenzado en 1209 la expansión de sus dominios desde las estepas al norte del Gobi. Ahora, el guerrero invicto quería hacer pagar al rey tributario de Ningxia su negativa a ayudarle en una campaña anterior. Antes de morir, el Kan decretó la destrucción de la ciudad. Con aquella orden desapareció una cultura.

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Así representa PHOBS a Temujin y a uno de sus hermanos

¿QUÉ SE SABE SOBRE LA TUMBA?

La leyenda cuenta que cuando Gengis Khan empezó a preocuparse por su propia muerte, hizo construir una gran tumba, una ciudad necrópolis, en un paisaje escogido de la vastísima Mongolia. Allí enterraría junto a él grandes riquezas recogidas en el expolio de las diversas regiones conquistadas y todo aquello que consideraba que debía acompañarlo al viaje más allá. Se dice que, para evitar el saqueo del oro y los tesoros, se asesinaba a todo aquél que se cruzase con la compañía, para que no pudiera decir a nadie hacia dónde se dirigían. Además, sí que se asesinaron a los constructores y capataces de la obra, para que no pudieran decir nada sobre el lugar del eterno descanso del gran Khan. Esta obra faraónica ha sido cubierta y enterrada en las arenas del tiempo, suponiendo uno de los últimos grandes quebraderos de cabeza de los Indiana Jones que buscan esclarecer la verdadera morada póstuma del emperador.

Sin embargo, una expedición científica norteamericano-mongola acaba de descubrir unas tumbas no lejos de donde nació el gran guerrero mongol, uno de los más grandes de la historia, y los exploradores apenas pueden contenerse. ‘Sentimos que estamos en el lugar’, dice Maury Kravitz a El País, el abogado de Chicago e historiador aficionado que es el alma de la exploración. ‘Si se confirma, será un descubrimiento de gran trascendencia, equiparable al de la tumba de Tutankamón’. Las tumbas de la colina no han sido tocadas, porque la tradición chamanística mongola cree que si se toca un cadáver, se destruye su alma.

Sin embargo, aún no se ha confirmado que estas ruinas pudieran ser el hogar del cuerpo de Gengis Khan y sus vasallos, ni se han hecho los hallazgos necesarios para afirmarlo. Aún hay tesoros sin desenterrar en el ancho mundo, y enigmas que alimentan a los más soñadores arqueólogos con pasar a la historia por redescubrir un  pedazo palpable de Historia de la Humanidad.

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Uno de los arqueólogos que buscan la tumba, Albert Lin

Vigeé-Lebrun: una artista para el día 8 de marzo

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Como cada año desde 1909 se celebra el Día de la Mujer Trabajadora, con motivo de recuerdo de las 126 costureras que murieron en el incendio de la fábrica de blusas “Triangle Shirtwaist”. Pensaréis que es un poco triste que sea por eso, habiendo tantos ejemplos de mujeres “famosas por sus logros, dignas de ser imitadas y recordadas” en una fecha internacional… pero es que en aquél fuego solamente murieron mujeres, aunque también había señores en la empresa. ¿Por qué?  Porque las trabajadoras habían sido encerradas por sus jefes (claro, hombres) en el interior del edificio, ya que trabajaban en condiciones de esclavitud y así ellos impedían que se movieran de su puesto. Cuando se desató el incendio, no pudieron salir pues los jefes se habían dado a la fuga dejándolas dentro de la fábrica, con la llave echada. La víctima más mayor tenía 48 años, y la más joven solamente 14. Este terrible suceso puso en evidencia las condiciones en las que vivían y trabajaban las mujeres, y sirvió para agitar conciencias en el mundo entero.

Para poner mi granito de arena y ayudar a recordar a mis congéneres de la historia de la humanidad, hoy publico un merecidísimo post acerca de la artista francesa Vigeé-Lebrun. Una mujer que logró subsistir en las mareas del tiempo y llegar a nuestros días como una renombrada retratista, sin que su nombre se perdiera en el olvido (como el de todas las mujeres que intentaban darse a conocer en un mundo de hombres).

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Marie-Louise Élisabeth Vigeé-Lebrun, un autorretrato con sus armas: pinceles y óleo

La Historia de la Humanidad está llena de injusticias. Entre las más grandes, está el relegar a la mitad de la población mundial al ostracismo, el silencio y el ocultamiento simplemente por nacer mujeres. El mundo del Arte también es terriblemente injusto, como el de la ciencia, la literatura o cualquier rama del saber. Marie-Louise Élisabeth Vigeé-Lebrun -solamente le falta “de todos los santos”- nació en París el 16 de abril de 1755, y fue la pintora francesa más famosa del siglo XVIII. A muy corta edad empezó a mostrar aptitudes para el dibujo, con lo que su padre (que era un retratista de prestigio y profesor de pintura en la Academia de Saint Luc) la animó a continuar y aprender a perfeccionarse, siendo él mismo su instructor. Es extraño y cabe destacar su figura paterna como algo muy positivo: un padre, en ésa época, habría obligado a su hija a sacarse de la cabeza la idea de pintar para que se dedicara a la costura y la cocina y así encontrar un marido que la quisiera por esas virtudes. Bueno, sin irme por las ramas, que el papi de Élisabeth (como tenga que escribir su nombre todo el rato me muero) fue muy bueno con ella y se encargó de su educación como artista desde que era muy pequeña, para después presentársela a los académicos y hacer algo tremendo para su época y género: estudiar.

Cuando era adolescente, en lugar de dedicarse a hacer botellón en los salones de los aristócratas y soñar con casarse, ya vivía de la pintura. A sus 15 años, con la muerte de su padre, se dedicaba al retrato de forma profesional para sacar a su familia adelante. Claramente, le surgieron imprevistos: su estudio fue embargado por pintar sin licencia. Pero ella era tenaz y trabajadora, además estaba segura de lo que hacía… por lo que la vida la trataría bien.

Pintaba con tanto talento y dedicación (se cifran en alrededor de novecientos los cuadros que Vigée Lebrun llegó a pintar), sabiendo, además, atraerse a lo más selecto de la sociedad. En este sentido sería su técnica y su dominio del género del retrato lo que la llevó a un éxito tan rotundo como el que tuvo en vida.

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Lebrun conquistó con su pincel a la crème de la crème de Francia!

Por casualidad, logró darse a conocer en París hasta el punto que un día llegó a su estudio un hombre muy particular: el hermano del Rey. El hermano de Luis XVI le encargó un autorretrato, y a través de este primer retrato regio, que tuvo gran éxito en la Corte, conoció a otro personaje muy carismático de la historia: María Antonieta, reina de Francia.

Sí, María Antonieta es la que aparece en la imagen anterior, junto a sus hijos. La reina y la pintora iniciaron una relación de íntima amistad: posar ante una misma persona innumerables horas es lo que tiene. Llegó el punto en el que fue la protegida de la reina, y gracias a que ésta intercedió ante el rey, se armó un escándalo monumental entre los sabios y pensadores de la época: Luis XVI hizo a Elisabeth el primer miembro femenino de la Académie Royale de París, cuando aún contaba 28 años. “¡SACRILEGIO! ¡UNA MUJER ENTRE NOSOTROS! ¡Y JOVEN!” clamaron al cielo los otros miembros de la Academia, pero era palabra del Rey, y tuvieron que aguantarse no sin muchas quejas. Que si eso no está bien, que si no está ni casada, que cómo nos van a mirar los otros académicos ahora, que si nos da vergüenza tener a una hembra con nosotros, que somos el hazmerreír de Europa, que si nos distrae con sus encantos femeniles… Nada, nada. No hubo forma de destituirla.

…Pero pronto llegó algo que no esperaban.

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María Antonieta tó sexy con su vestido de lacitos

Supongo que os suena esa frasecita que prendió la ira en Francia y se armó un pifostio, ¿no? Bueno, va, para los menos espabilados allá va:

– Oiga, Su Real Majestad… a ver cómo te digo yo esto… que tenemos una panda de zarrapastrosos delante del palacio. 

– ¿Y ésos qué quieren? ¿Los manda el de la ceja? Que se quiten de mi puerta ahora mismo, o empiezo a echarles huevos desde la ventana. 

– Su Majestad, que me mandan decirle que el pueblo no tiene pan. 

– Pues que coman pasteles. Y déjame que me estoy haciendo la pedicura para el festín de esta noche, y te me pones muy cansino. Vaya Mentecato, qué se habrá creído el reventao este. A hablarme de panes ahora.

Coppola dice que pasó así, pero todos sabemos que mi versión es mucho más realista:

Pues eso, que se lió. Ya lo sabéis, la Revolución Francesa. Y ya sabéis también lo que les pasaba a los amiguitos del Rey… si a los Gobernantes les cortaron la cabeza, a los otros les hicieron lo mismo o peor.

Por suerte, Vigeé-Lebrun tuvo cerebro y  al producirse el arresto de los reyes, huyó de Francia con todo el sigilo que le fue posible, así que se salvó. Se refugió en Roma, y después en Austria y Rusia. Lugares todos ellos donde pudo dar muestras de su valía artística, aprovechando la ocasión para ampliar su obra y su repertorio de retratos ilustres. En Italia coincidió con Angelica Kauffmann y entraría en la Academia di San Luca; en Viena retrató también a buen número de aristócratas, y en Rusia entraría en la Corte de Catalina la Grande y sería aceptada, también aquí, como miembro de la Academia de Bellas Artes de San Petesburgo. Y eso tiene un gran mérito.

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Pasados los años, Élisabeth tuvo ganas de volver a Francia… pero la Corte de Napoleón no la recibió nada bien. Ya sabéis, eso de ir de Rey en Rey está feo, y más cuando has sido amiga del anterior. Así que la pobre tuvo que volver a viajar. Supongo que pensaría: a ver, tengo a todos los reyes del continente repes ¿cuál me falta? Pues los de Inglaterra y los de España, pero los españoles huelen fatal y me caen aún peor. Pues nos vamos pa’ Londres.

Y allí que se fue,  donde retrataría al futuro Jorge IV y a Lord Byron. Y allí encontró un marido: se casa con Jean-Baptiste Pierre Lebrun, mediocre pintor y marchante de arte y hombre con excelentes relaciones sociales.

Como ya estaba cansada de moverse e ir de aquí para allá se decidió a volver a su país natal fuera como fuera. Esta vez Napoleón sí la recibió y le encargó el retrato de su hermana. Sin embargo, no fueron sus únicos modelos: aunque había pintado un muestrario de lo más granado de las cortes europeas del siglo XVIII, no acabaron aquí sus trabajos. Ella misma se autorretrató en numerosos cuadros y lo hizo también, en numerosas ocasiones, acompañada de su hija Julie; retratos, todos ellos, en los que destacan la ternura y el candor con el que aparecen madre e hija.

Su caso ilustra perfectamente el papel de la mujer en el siglo XVIII que, en un entorno más permisivo, se convierte en un elemento fundamental de la sociedad europea de los países ilustrados, llegando, como es el caso, a un protagonismo profesional que no se había dado con anterioridad. En su momento, Vigee-Lebrun fue comparada con el gran Anton Van Dijk y ganó más dinero con sus cuadros que el gran retratista inglés Thomas Gainborough o Sir Joshua Reynolds, quien también la admiró profundamente.

Y con esto y un bizcocho, hasta el siguiente día ocho