Vigeé-Lebrun: una artista para el día 8 de marzo

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Como cada año desde 1909 se celebra el Día de la Mujer Trabajadora, con motivo de recuerdo de las 126 costureras que murieron en el incendio de la fábrica de blusas “Triangle Shirtwaist”. Pensaréis que es un poco triste que sea por eso, habiendo tantos ejemplos de mujeres “famosas por sus logros, dignas de ser imitadas y recordadas” en una fecha internacional… pero es que en aquél fuego solamente murieron mujeres, aunque también había señores en la empresa. ¿Por qué?  Porque las trabajadoras habían sido encerradas por sus jefes (claro, hombres) en el interior del edificio, ya que trabajaban en condiciones de esclavitud y así ellos impedían que se movieran de su puesto. Cuando se desató el incendio, no pudieron salir pues los jefes se habían dado a la fuga dejándolas dentro de la fábrica, con la llave echada. La víctima más mayor tenía 48 años, y la más joven solamente 14. Este terrible suceso puso en evidencia las condiciones en las que vivían y trabajaban las mujeres, y sirvió para agitar conciencias en el mundo entero.

Para poner mi granito de arena y ayudar a recordar a mis congéneres de la historia de la humanidad, hoy publico un merecidísimo post acerca de la artista francesa Vigeé-Lebrun. Una mujer que logró subsistir en las mareas del tiempo y llegar a nuestros días como una renombrada retratista, sin que su nombre se perdiera en el olvido (como el de todas las mujeres que intentaban darse a conocer en un mundo de hombres).

Marie-Louise Élisabeth Vigeé-Lebrun

Marie-Louise Élisabeth Vigeé-Lebrun, un autorretrato con sus armas: pinceles y óleo

La Historia de la Humanidad está llena de injusticias. Entre las más grandes, está el relegar a la mitad de la población mundial al ostracismo, el silencio y el ocultamiento simplemente por nacer mujeres. El mundo del Arte también es terriblemente injusto, como el de la ciencia, la literatura o cualquier rama del saber. Marie-Louise Élisabeth Vigeé-Lebrun -solamente le falta “de todos los santos”- nació en París el 16 de abril de 1755, y fue la pintora francesa más famosa del siglo XVIII. A muy corta edad empezó a mostrar aptitudes para el dibujo, con lo que su padre (que era un retratista de prestigio y profesor de pintura en la Academia de Saint Luc) la animó a continuar y aprender a perfeccionarse, siendo él mismo su instructor. Es extraño y cabe destacar su figura paterna como algo muy positivo: un padre, en ésa época, habría obligado a su hija a sacarse de la cabeza la idea de pintar para que se dedicara a la costura y la cocina y así encontrar un marido que la quisiera por esas virtudes. Bueno, sin irme por las ramas, que el papi de Élisabeth (como tenga que escribir su nombre todo el rato me muero) fue muy bueno con ella y se encargó de su educación como artista desde que era muy pequeña, para después presentársela a los académicos y hacer algo tremendo para su época y género: estudiar.

Cuando era adolescente, en lugar de dedicarse a hacer botellón en los salones de los aristócratas y soñar con casarse, ya vivía de la pintura. A sus 15 años, con la muerte de su padre, se dedicaba al retrato de forma profesional para sacar a su familia adelante. Claramente, le surgieron imprevistos: su estudio fue embargado por pintar sin licencia. Pero ella era tenaz y trabajadora, además estaba segura de lo que hacía… por lo que la vida la trataría bien.

Pintaba con tanto talento y dedicación (se cifran en alrededor de novecientos los cuadros que Vigée Lebrun llegó a pintar), sabiendo, además, atraerse a lo más selecto de la sociedad. En este sentido sería su técnica y su dominio del género del retrato lo que la llevó a un éxito tan rotundo como el que tuvo en vida.

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Lebrun conquistó con su pincel a la crème de la crème de Francia!

Por casualidad, logró darse a conocer en París hasta el punto que un día llegó a su estudio un hombre muy particular: el hermano del Rey. El hermano de Luis XVI le encargó un autorretrato, y a través de este primer retrato regio, que tuvo gran éxito en la Corte, conoció a otro personaje muy carismático de la historia: María Antonieta, reina de Francia.

Sí, María Antonieta es la que aparece en la imagen anterior, junto a sus hijos. La reina y la pintora iniciaron una relación de íntima amistad: posar ante una misma persona innumerables horas es lo que tiene. Llegó el punto en el que fue la protegida de la reina, y gracias a que ésta intercedió ante el rey, se armó un escándalo monumental entre los sabios y pensadores de la época: Luis XVI hizo a Elisabeth el primer miembro femenino de la Académie Royale de París, cuando aún contaba 28 años. “¡SACRILEGIO! ¡UNA MUJER ENTRE NOSOTROS! ¡Y JOVEN!” clamaron al cielo los otros miembros de la Academia, pero era palabra del Rey, y tuvieron que aguantarse no sin muchas quejas. Que si eso no está bien, que si no está ni casada, que cómo nos van a mirar los otros académicos ahora, que si nos da vergüenza tener a una hembra con nosotros, que somos el hazmerreír de Europa, que si nos distrae con sus encantos femeniles… Nada, nada. No hubo forma de destituirla.

…Pero pronto llegó algo que no esperaban.

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María Antonieta tó sexy con su vestido de lacitos

Supongo que os suena esa frasecita que prendió la ira en Francia y se armó un pifostio, ¿no? Bueno, va, para los menos espabilados allá va:

– Oiga, Su Real Majestad… a ver cómo te digo yo esto… que tenemos una panda de zarrapastrosos delante del palacio. 

– ¿Y ésos qué quieren? ¿Los manda el de la ceja? Que se quiten de mi puerta ahora mismo, o empiezo a echarles huevos desde la ventana. 

– Su Majestad, que me mandan decirle que el pueblo no tiene pan. 

– Pues que coman pasteles. Y déjame que me estoy haciendo la pedicura para el festín de esta noche, y te me pones muy cansino. Vaya Mentecato, qué se habrá creído el reventao este. A hablarme de panes ahora.

Coppola dice que pasó así, pero todos sabemos que mi versión es mucho más realista:

Pues eso, que se lió. Ya lo sabéis, la Revolución Francesa. Y ya sabéis también lo que les pasaba a los amiguitos del Rey… si a los Gobernantes les cortaron la cabeza, a los otros les hicieron lo mismo o peor.

Por suerte, Vigeé-Lebrun tuvo cerebro y  al producirse el arresto de los reyes, huyó de Francia con todo el sigilo que le fue posible, así que se salvó. Se refugió en Roma, y después en Austria y Rusia. Lugares todos ellos donde pudo dar muestras de su valía artística, aprovechando la ocasión para ampliar su obra y su repertorio de retratos ilustres. En Italia coincidió con Angelica Kauffmann y entraría en la Academia di San Luca; en Viena retrató también a buen número de aristócratas, y en Rusia entraría en la Corte de Catalina la Grande y sería aceptada, también aquí, como miembro de la Academia de Bellas Artes de San Petesburgo. Y eso tiene un gran mérito.

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Pasados los años, Élisabeth tuvo ganas de volver a Francia… pero la Corte de Napoleón no la recibió nada bien. Ya sabéis, eso de ir de Rey en Rey está feo, y más cuando has sido amiga del anterior. Así que la pobre tuvo que volver a viajar. Supongo que pensaría: a ver, tengo a todos los reyes del continente repes ¿cuál me falta? Pues los de Inglaterra y los de España, pero los españoles huelen fatal y me caen aún peor. Pues nos vamos pa’ Londres.

Y allí que se fue,  donde retrataría al futuro Jorge IV y a Lord Byron. Y allí encontró un marido: se casa con Jean-Baptiste Pierre Lebrun, mediocre pintor y marchante de arte y hombre con excelentes relaciones sociales.

Como ya estaba cansada de moverse e ir de aquí para allá se decidió a volver a su país natal fuera como fuera. Esta vez Napoleón sí la recibió y le encargó el retrato de su hermana. Sin embargo, no fueron sus únicos modelos: aunque había pintado un muestrario de lo más granado de las cortes europeas del siglo XVIII, no acabaron aquí sus trabajos. Ella misma se autorretrató en numerosos cuadros y lo hizo también, en numerosas ocasiones, acompañada de su hija Julie; retratos, todos ellos, en los que destacan la ternura y el candor con el que aparecen madre e hija.

Su caso ilustra perfectamente el papel de la mujer en el siglo XVIII que, en un entorno más permisivo, se convierte en un elemento fundamental de la sociedad europea de los países ilustrados, llegando, como es el caso, a un protagonismo profesional que no se había dado con anterioridad. En su momento, Vigee-Lebrun fue comparada con el gran Anton Van Dijk y ganó más dinero con sus cuadros que el gran retratista inglés Thomas Gainborough o Sir Joshua Reynolds, quien también la admiró profundamente.

Y con esto y un bizcocho, hasta el siguiente día ocho

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  1. Buenas. No tenía la menor idea de quien era esta artista. Creo que es muy buena y debería tener más reconocimiento. En su tiempo sería muy famosa, pero en la actualidad me temo que lo mismo que me pasaba a mi (antes de que me iluminaras) le pasa a casi todo el mundo. Saludos.

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