Archivos Mensuales: octubre 2013

Niños llorones: Los cuadros malditos de Bragolin

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Aprovechando que nos acercamos a Halloween y que son las fechas más adecuadas para tratar temas de misterio, os traigo la historia de un pintor maldito que saltó a la fama internacional por -según se dice- pintar cuadros diabólicos que atraían el mal. Bruno Amadio (Italia, 1911), más conocido por el nombre de Angelo Bragolin, fue un fascista y seguidor de Mussolini que participó en la II Guerra Mundial.

Al participar en la contienda, le causó una gran impresión la devastación y cómo ésta se cebaba en los más pequeños. De este modo, comenzó a pintar una serie de cuadros llamada ‘Los niños llorones’, decidido a reflejar el dolor en los retratos de niños huérfanos por culpa de la guerra.  Al parecer, el pintor realizó 27 cuadros con esta temática. Al acabar la guerra Bruno Amadio se trasladó a España, y tras unos años en Sevilla y Madrid se le pierde la pista definitivamente. Sus obras pasaban sin pena ni gloria, y era un total desconocido.

Su leyenda negra comienza con los rumores sobre un posible pacto con el diablo, cuando Amadio se cansa de ser un pintor de tres al cuarto y malvivir de su arte. De la noche a la mañana, sus cuadros se hicieron tan populares que se hacían cientos de copias de cada una de sus obras. Sin embargo, tras unos años, los periódicos internacionales comenzaron a hacerse eco de una horrible noticia: un edificio había ardido hasta los cimientos, muriendo los inquilinos y calcinando todas sus pertenencias… excepto el curioso cuadro del niño llorón, que permanecía colgado en la pared, en perfecto estado y sin rozar por las llamas.

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Sorprendentemente, muchos lectores llamaron al periódico para informar de que les había sucedido exactamente lo mismo y que los bomberos no habían sabido explicar el origen del incendio ni el porqué de que el cuadro hubiera sobrevivido. Rápidamente prendió una histeria colectiva, en las calles se crearon fogatas donde los vecinos quemaban todos los cuadros antes de que el cuadro los quemara a ellos.

La leyenda urbana cuenta que uno de los 27 cuadros originales fue donado al orfanato en el que vivía el niño retratado. Allí lo colgaron, hasta que el edificio se incendió y acabó con la vida del pequeño. Su alma, entonces, se dice que habita en el cuadro…

¡A saber! El caso es que estos cuadros se han convertido en un icono del misterio, gracias al periódico The Sun, que supo vender tan bien esta historia que convirtió a los ‘niños llorones’ en poco más que enviados del demonio que había pactado con Bragolin. Desde luego, vendieron muchos ejemplares con esta leyenda urbana de la pintura. Real no sabemos si es, pero rentable… ¡seguro!

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El panadero de Eeklo: a falta de pan, buenas son cabezas

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El mundo del Arte encierra a menudo historias raras o chocantes, curiosidades dignas de mención. Una de ellas es ‘El panadero de Eeklo’, de Cornelis van Dalem y Jan van Wechelen, pintura que podemos visitar a las afueras de Ámsterdam. En el pequeño castillo de Muiderslot encontramos este extravagante cuadro en el que varios personajes muy atareados arrancan las cabezas de la gente y las sustituyen por ricas coles. Las cabecitas, bien ordenadas en sus correspondientes cestos, acaban en un horno ante la mirada tranquila de las víctimas, que parecen aceptar muy bien eso de ser decapitados. Incluso hay gente haciendo cola, como en el Mercadona.

Esta macabra obra parece salida de una pesadilla, pero no lo es. El significado de esta obra bebe del folklore y la cultura popular alemana.

Durante la oscura Edad Media, en Flandes y Países Bajos fue ganando popularidad una singular historia en la que un panadero cocinaba tan bien que podía hacer cabezas humanas a través de tu propia materia prima. Dicho de otro modo: si viajabas a su panadería, en Eeklo, el panadero y sus talentosos empleados podían guisar tu mollera, literalmente, para cambiar lo que no te gusta de ella. Por un módico precio, todo aquél descontento con su cabeza -ya fuera porque quisiera ser más guapo, más joven, más inteligente o para que no le reconocieran nunca más- podía acudir allí para que el panadero y sus sagaces empleados cortaran su cabeza y le cocinaran una nueva según sus necesidades.

El negocio estaba así: Una vez en el establecimiento, los trabajadores le cortaban al “paciente” su preciada sesera y, para evitar el molesto desangramiento, le colocaban una col en su lugar. Después, metían la cabeza en el horno para modificarla con las mejoras solicitadas… Como una especie de tuning de época. Una vez acabado el guiso, volvían a ponerte la cabeza en su sitio y el cliente podía salir del lugar estrenando cara, mente o identidad. Además aparece en el cuadro una señora entrando por la puerta que lleva la cabeza de otra persona (a lo mejor la de su marido, para hacerlo más guapo), demostrando que también aceptaban encargos para terceros.

Aún así, no siempre salía bien el trabajo: si los panaderos se despistaban o no les caías bien, tu cabeza podía pasarse de vueltas dentro del horno infernal, con un resultado para nada esperado. La cabeza podía salir demasiado hecha, demasiado quemada o demasiado deformada, por lo que su propietario podría acabar más feo de lo que había entrado, así como convertido en monstruo o en un loco.

Quizá por eso todos los que aparecen sentados en sus sillas esperando su nueva testa mantienen las manos juntas como si rezaran. Quién sabe si pidiendo un deseo (ser más listos, ser más guapos) o rezando para que el cocinero se concentrara en su trabajo.

Con esta historia, los padres atemorizaban a sus hijos cuando algo les salía mal o se quejaban de su aspecto.  ‘Mira, hijo, si vuelves a equivocarte en la multiplicación te llevo a Eeklo para que te cambien la cabeza‘. Yo hubiera aprendido todo más rápido solo con la amenaza, no sé vosotros…