Caras de espanto: los bustos grotescos de Messerschmidt

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Dejamos de lado a los pintores famosos y vamos a hablar de escultura. No de escultura romana o las bellas tallas del mundo clásico, no. Hay otras más interesantes aunque remotamente menos conocidas. Y es que el artista de hoy es Franz Xaver Messerschmidt, al que cariñosamente llamaremos Franz para que no me de una embolia cada vez que me toque escribir su nombre. Viendo una escultura suya sin conocer su vida creemos estar ante una muestra de arte contemporáneo, pero nada más lejos de la realidad.

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 Franz nació en 1736, en Alemania, y es un ejemplo de a dónde puede llegar la locura y la creencia en lo sobrenatural en la Historia del Arte. Pero no sólo eso, sino que también ilustra a la perfección el talento y la imaginación. Aunque no es un creador especialmente popular ni conocido, fue un artista torturado y adelantado a su época.

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Con sus esculturas iniciales se ganó a la aristocracia. Esta es una de ellas, para que veáis las cosas tan bonitas que sabía hacer el joven Franz.

Hijo de una familia de artesanos, el joven Franz decidió hacer caso a sus tíos y salió de casa de sus padres para formarse en el Munich del siglo XVIII. Pronto alcanzó una gran fama por su perspicacia y su capacidad para la escultura, así que fue requerido por la Corte Imperial y la aristocracia para inmortalizar en piedra a los más poderosos de la sociedad. Y allí que se fue, a Viena, a ganar todavía más fama. Franz lo tenía todo: con una reputación ganada a velocidad de la luz, su éxito le permitía vivir del arte y se codeaba con la crème de la crème. Los poderosos lo protegían y lo mantenían, la gente se pegaba por sus obras. ¡Ay, Franz! ¡Hay quien nace con estrella!

Pero la felicidad no le duró mucho. Empezó a volverse hosco, huraño. Rehuía a la gente, montaba escenitas con los nobles, se encontraba nervioso y apurado con frecuencia… así que se volvió a la capital austriaca para ser profesor asistente en la escuela de Bellas Artes, dejando a la Corte con un buen palmo de narices. Pero de allí también lo echaron: y es que Franz Xaver Messerschmidt, el gran escultor del momento, la gran promesa de su época, se estaba volviendo loco. En una carta a la emperatriz María Teresa de Austria se puede leer que, aunque la universidad elogiaba la capacidad de Franz, se temían que éste podría tener “confusión en la cabeza” (olé por el diagnóstico). Y eso no era bueno para la imagen de una facultad.

Para agravar más la situación, se interesó por cuestiones ocultistas y empezó a frecuentar los círculos esotéricos de Viena. Franz comenzó a sufrir alucinaciones y paranoias cada vez más frecuentes y agresivas. Se encerró en una cabaña para trabajar día y noche, sin querer saber nada de nadie. Pero lo peor es que el escultor estaba aterrorizado por sus visiones, pues creía fervientemente que demonios y espíritus se colaban en su casa para atacarle durante la noche. Los pocos visitantes que tenía salían asombrados al escuchar los relatos de espectros. monstruos y diablos que le pellizcaban mientras dormía, que lo atormentaban cuando se despertaba, que se escondían por la casa para asustarlo durante el día.

Así, dicen, comenzó su irrefrenable obsesión, casi desesperada, por librarse de los demonios. Algunos estudiosos consideran que su colección de bustos grotescos fueron una idea para espantar a los espectros y echarlos de su casa, mientras que otros dicen que buscaba encontrar las 69 expresiones primitivas del ser humano. Aunque las talló en bronce, mármol y alabastro, hoy en día solamente se conservan 49 de estas figuras. Para crear estas esculturas se tomaba a sí mismo como modelo frente al espejo, se pellizcaba y gesticulaba para forzar su rostro a revelar esas proporciones olvidadas que daban forma al mundo, según él.

Sea como fuere, hoy en día se le relaciona con William Blake y Francisco de Goya, por su exploración del lado oscuro del alma humana.Y, aunque tuviera desórdenes mentales, sin duda fue un auténtico genio. Actualmente se ha reconocido a Messerschmidt como uno de los más grandes maestros de la escultura, compensando un poco lo injusto que fue el mundo del arte con él cuando todavía vivía.

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Gracias a Juan Alberto por haber inspirado este post con sus comentarios. Él me descubrió este escultor y fue quien me animó a escribir sobre él, así que el crédito es suyo 🙂

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  1. Gracias por darme las gracias. En cualquier caso, todo el crédito, y el mérito, es tuyo. Me ha gustado mucho conocer la historia de la lucha desesperada de Franz contra sus fantasmas y demonios interiores. Lo curioso es cómo la locura puede afectar a facetas muy concretas del comportamiento humano, pero dejar otras inalteradas. Esta historia recuerda vagamente la del origen de los “alebrijes”, que igual conociste en Mexico. Saludos.

  2. Pingback: Richard Dadd y la maldición de Osiris | LAS MIL HISTORIAS DEL ARTE

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