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Una partitura en el culo: La canción secreta del jardín de las delicias

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Hieronymus Bosch, El Bosco, se ha convertido con el paso de los siglos en uno de los pintores más enigmáticos de la Historia del Arte. La fantasía que desbordan sus inquietantes lienzos, unida a un cierto ‘horror vacui‘ que le lleva a representar auténticas legiones de seres monstruosos, fantásticos, objetos maravillosos y personajes de época, le ha llevado a ser vinculado con la alquimia, la astrología o incluso con sectas de la época… aunque sin demasiado fundamento, todo hay que decirlo. Aún así, sí que es verdad que parece que El Bosco alucinaba un poco cuando se ponía a pintar, o por lo menos se flipaba mogollón.

Sus obras despiertan fácilmente la fascinación en nuestra imaginación, y prueba de ello es el alboroto que se ha creado no sólo en Internet, sino en los medios de comunicación tradicionales, con el curioso hallazgo relacionado con una de las pinturas más célebres y misteriosas de ‘El Bosco’: El jardín de las Delicias.

El jardín de las Delicias HD - Las mil historias del arte - Beatriz Vera Vinuesa

El Bosco era un beato, esto es así. En sus obras siempre está presente el dolor y la muerte, que eran un must en la Edad Media y suponen la condenación eterna a causa del pecado. Y esta filosofía nos dice que salvar el alma sólo es posible a través del sufrimiento, que los mortales tienen que aguantar sí o sí calladitos y sin armar mucho escándalo. Como la mayoría somos unas pecadores sin remedio, pues nos vamos derechitos al infierno a que nos castiguen, que era lo que a El Bosco más le gustaba pintar. Y para El Bosco el pecado más mortal de todos era la lujuria, así que con él se explayaba y hacía unos cuadros que bien podían ser el Playboy de la época. Yo ya no sé si era un beato o era más bien  un listillo.

‘El jardín de las delicias’ es un tríptico, y se divide en 3 paneles diferentes. El primero muestra el paraíso, el segundo el desato de la lujuria, y el tercero la consecuencia de tal pecado. A través de ellos nos muestra de manera alegórica que los placeres de la vida son efímeros, y que las consecuencias que se derivan son el sufrimiento, la desgracia y la imposibilidad de ser feliz.

1. El paraíso terrenal

Delicias 02 (Parte izquierda del tr+¡ptico de El Bosco. Museo del Prado. Madrid)

En la tabla izquierda podemos ver la Creación de Adán y Eva, que están conversando tranquilamente en el Paraíso Terrenal con Dios muy jovencito. Dios parece prevenirles de la presencia de un pozo profundo y oscuro del que surgen pequeños monstruos que representan los vicios que podrían llevar a nuestros tortolitos al pecado y a la condenación. Cerca de ellos hay un árbol típico de las Islas Canarias (España), el drago, cuyo significado no está muy claro pero que, según los investigadores, podría representar el Árbol de la Vida.
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En el centro del paisaje podemos ver un bonito estanque, al que acuden a beber todo tipo de animales: podemos ver un unicornio, garzas, lagartos de tres cabezas, una especie de perro-canguro horroroso, una jirafa, y una tortuga de plástico (en la galería de abajo lo veréis), entre otros muchos bichos que viven felizmente en el cuadro. Y en el centro del apacible lago se alza una isla de piedras preciosas, donde encontramos una gran fuente de fantasía de la que brotan los cuatro ríos que recorren el Paraíso de la Biblia. Por un agujero nos mira un búho, que representa la hechicería, la sabiduría y la magia. Esta es la Fuente de la Vida, que se encuentra inaccesible y representa la tentación y la falsedad, presentes incluso en el Paraíso
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Un poco más a la derecha, sobre unas rocas, vemos el Árbol de la ciencia del Bien y del Mal, con la serpiente enrollada en el tronco. No es un manzano sino una palmera con piñas. El Bosco era muy así, modernillo y de inventarse cosas. Y además, si nos fijamos en la piedra sobre la que descansa, vemos que tiene forma de rostro. Es como si los matorrales le hicieran la nariz ganchuda y una boca triste, como advirtiendo de que es mejor no acercarse.
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Al fondo del cuadro vemos montañas azuladas de extrañas formas y cubiertas de vegetación, y entre ellas vuelan muchas bandadas de diferentes pájaros hacia el cielo del mediodía. De las montañas parecen surgir estructuras que sostienen planetas, la luna…  La escena indica al espectador que, habiendo sido ofrecido el Paraíso al hombre, el vicio y el pecado le pueden conducir al Infierno, que es el tema representado en el lado opuesto.
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2. El desato de la lujuria

El Bosco no estaba tonto, no. ¿Cómo pintamos una orgía en plena Edad Media sin que la Iglesia nos queme en la hoguera? Pues así, representándolo como una especie de tutorial medieval para ir al infierno de forma rápida, fácil y sencilla. En el retablo central un centenar de hombres y mujeres sin demasiado pudor se lo pasan pipa, acompañados de frutas y animales que tienen simbolismo sexual, como mejillones, granadas, uvas, fresas, cerezas…
retablo central - las mil historias del arte - beatriz vera vinuesa
Con esta parte de la obra, El Bosco representa cómo todos los mortales cometen el pecado sin pudor y sin miedo a ser castigados. Éste es el verdadero jardín de las delicias, situado entre el jardín del edén y el infierno, donde se desarrollan las vidas de los humanos. Si nos fijamos, las supuestas ‘montañas’ del fondo representan los órganos sexuales masculino y femenino. Los muchachos igual se dedican a cabalgar sobre una cabra, un grifo o un cerdo, que se encariñan con ellos y los vemos morreándose con patos, abrazando búhos o usando salmones como quien usa una lanza de justa. La escena más bizarra no puede ser, y no tiene nada que envidiar a una peli porno. Os pongo una pequeña galería con detalles para que lo apreciéis por vosotros mismos:

3. El castigo eterno

retablo infierno
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El Bosco narra así la caída del género humano. Después de pasarlo muy bien en la Tierra, todos los pecadores reciben su condena en el infierno. Todo tipo de criaturas y formas demoníacas castigan a los mortales de multitud de maneras, los torturan por sus actos en el anterior retablo.
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 En lo alto del cuadro se ve la imagen más típica del infierno, lleno de fuego y azufre. Estructuras extrañas se recortan contra un incendio, creando una aterradora ciudad en la que las almas de los condenados tendrán que vivir hasta que se acabe el mundo.
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También vemos instrumentos gigantes, esparcidos por aquí y allá. Estos instrumentos musicales simbolizan por tradición el amor y la lujuria. En la obra, estos instrumentos sirven para crucificar a los que en vida cometieron pecados carnales, e incluso vemos un pobre infeliz al que los demonios le han metido una flauta por el culete… yo creo que ése es el que antes se metía flores.
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 Los animales ya no son amistosos y colaborativos en la depravación de estas pobres personas, sino que ahora se encargan de castigarlos, junto con los demonios. Jaurías de perros comen carne humana, las hermosas garzas ahora se han convertido en diablos que portan tridentes, un zorro negro manosea a una mujer abatida. Si nos fijamos podemos encontrar una liebre que lleva colgando de un palo a sus presas humanas, y un terrorífico hombre-pájaro devora personas y los defeca en un pozo de excrementos. Al pobre tipo que se está comiendo en este momento le salen golondrinas por donde la espalda pierde su buen nombre.
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Esta escena parece haber sido sacada de una pesadilla surrealista y representa un infierno onírico, repleto de instrumentos de tortura. No faltan alusiones al clero, como el cerdo disfrazado de monja que abraza a un hombre desnudo.
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La banda sonora

En el último panel de la obra, una joven estadounidense llamada Amelia descubrió una curiosa partitura musical. Entre los instrumentos y personajes, El Bosco plasmó un libro con una partitura que parece continuar en las nalgas de un hombre para dar a entender que la banda sonora de esta obra debería interpretarse con un instrumento de viento (jeje, qué cachondo). Fascinada por el detalle, decidió “traducir” esta partitura antigua a la lengua musical moderna (nuestro tradicional pentagrama) para descubrir si obtenía una melodía. Y así fue:

La brevísima pieza de 30 segundos contiene varios errores y, según cuenta Amelia, está siendo corregida con la ayuda del departamento de música de su universidad. La noticia ha dado la vuelta al mundo y ha salido en todas las televisiones del planeta. Aunque yo creo que deberían haberla interpretado directamente con un instrumento de viento.

Si os ha gustado esta entrada y os interesan los detalles que tiene esta obra no os perdáis este cortometraje de Juan Ibáñez, que ha recreado “El jardín de las delicias” como una animación. ¡Os va a encantar!

Y ya sabéis la moraleja: si no sois buenos os comerá un pájaro gigante y acabaréis en un charco de heces. Avisados estáis.

APOCALIPSIS: eso que nunca llega pero siempre se teme

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Si es que no tenemos remedio. Ahora mismo recuerdo dos veces en las que, en mi vida, me han dicho que el mundo se acababa. La primera fue en el año 2000 (que a mí me pilló con diez años, y me daba mucho cague), y pasó porque unos fundamentalistas protestantes y sectas marginales como los Testigos de Jehová o los adventistas del Séptimo Día empezaron a ponerse histéricos con que la venida de Dios era inminente y no iba a dejar vivo ni al Tato porque todos somos unos pecadores de la pradera. Se publicaron muchísimos libros sobre el tema, sobre supuestas profecías de la Biblia e interpretaciones de las escrituras, palabras de Nostradamus… además se sumó a la creencia pública de que las máquinas explotarían -o algo así- porque no sabrían pasar de “1999” al “2000”, y no podríamos sobrevivir. ¿Pero cómo no van a saber pasar al “2000”? ¡Como si no nos hicieran ellas las integrales trigonométricas, ecuaciones diferenciales,  y restas llevando! Vaya poca fe. El caso es que cundió el pánico, la gente estaba convencida de que cuando sonaran las campanadas el mundo se desplomaría y se tragaría a Ramón García, todos nos ahogaríamos con las uvas… un desastre. Obviamente luego no pasó nada y se nos quedó cara de paletos. Pero nos dejó anécdotas graciosas, como la de una secta taiwanesa que creía que Dios volvería y salvaría a los integrantes del grupo dejándolos entrar en su Ovni.

Ahora estamos con la profecía del apocalipsis maya, que señala diciembre de este año como fecha del acabóse. Pues yo ya me quedé con cara de tonta cuando era pequeña, y esto no me lo creo. Y es que el ser humano lleva TODA SU HISTORIA sembrando miedos y temores con diferentes fines. Las antiguas civilizaciones metían miedo para controlar a la población amenazándoles con que, si no obedecían y se portaban bien, se les caería el cielo en la cabeza. Los sacerdotes romanos amenazaban con un diluvio universal si las mujeres no eran castas. En el año 999 la gente se volvió loca y regalaba sus propiedades a los mendigos, se portaba bien y rezaba mucho por si acaso. En 1186 la “Carta de Toledo” advertía a la gente que tenía que esconderse en cuevas y montañas porque el mundo sería destruido. En 1524 un famoso catedrático anunció que la conjunción de los planetas del signo Piscis traería el fin del mundo por inundaciones, cundió el pánico y la gente se mataba (literalmente) por quedarse el barco de su vecino… y así cientos.

Bueno, lo que aquí nos interesa es que los artistas también tuvieron miedo en su época, y plasmaron este pánico al fin del mundo en sus obras de arte. Por ejemplo, tenemos al alemán Albretch Altdorfer con un cuadro llamado “La batalla de Alejandro Magno“.

Este cuadro representa la batalla de Alejandro en Issos (333 a.C.) pero tiene una segunda lectura: en la época en la que se pintó, había una gran guerra contra los musulmanes. Así,   al igual que Alejandro había vencido a los persas, ahora el cristianismo derrotaría a los turcos, o se acabaría el mundo. El cielo ocupa una parte importante del lienzo… y aparece una luna en la esquina superior izquierda y el sol poniente en el lado derecho.  Estos dos astros eran símbolos del islam (Luna) y el cristianismo (Sol), pero lo más importante es el aspecto amenazador del cielo, que parece anunciar un suceso temible.

Hoy en día se sabe que Altdorfer se basó en unos escritos de su paisano Schedel, que hacía referencia a diversos hechos históricos –entre ellos la batalla de Issos– poniéndolos en relación con el fin del mundo. Schedel creía que la historia del Ser Humano se dividía en siete edades (número sagrado, ya sabéis), y que la séptima estaba tocando a su fin, por lo que el apocalipsis llegaría. Lo curioso es que el mismísimo Lutero también estaba convencido de esto, aunque por motivos distintos: se basaba en el profeta Daniel, quien habría anunciado que tras cuatro imperios, llegaría el reino de Dios. Estos imperios serían el babilonio, el persa, el griego y el romano… y como todos habían desaparecido ya, pues tocaba recoger la fiesta. Lutero decía haber sufrido muchas pesadillas en las que contemplaba la llegada del Juicio Final. Un drama. Claro, la gente oía a este celebrity de la época hablar sobre eso y se moría de miedo.

Otra obra y otro artista: se conserva en Viena una acuarela de Durero que, aterrorizado por un sueño (que consideró profético) se levantó corriendo para ir al taller y poner por escrito -y por dibujo- lo que había visto esa noche.

«En 1525, durante la noche entre el miércoles y el jueves después de la semana de Pentecostés, tuve esta visión mientras dormía, y vi cómo unas muy grandes aguas caían desde los cielos. La primera golpeó el suelo a unas cuatro millas de mí con una fuerza tan terrible y un ruido tan enorme, que inundó toda la campiña. (…) Y el aguacero siguiente fue enorme. Algunas de las aguas cayeron a alguna distancia, y otras más cerca. Y venían desde una altura tal, que parecían caer muy lentamente. Pero la primera tromba de agua que golpeó el suelo lo hizo tan repentinamente, y había caído a tal velocidad, y estaba acompañada por viento y por un rugido tan aterrador, que cuando me desperté todo mi cuerpo temblaba, y no pude recuperarme durante un tiempo. Cuando me levanté por la mañana, pinté lo que se ve arriba tal y como lo había visto. Ojalá cambie el Señor todas las cosas para mejor.»

Otro de los cuadros que más destacan sobre esta temática es “El triunfo de la muerte“, de Brueghel (del que he puesto una miniatura al principio de la entrada). Ríete tú de Tarantino: ciudades ardiendo, el mar plagado de naufragios, en la orilla hay una casa donde ha desembarcado un ejército de esqueletos, se alzan mástiles coronados por ruedas de tortura, los muertos asesinando a los vivos, ahorcados… Vamos, lo normal en un apocalipsis. Recomiendo que pinchéis en la imagen. Podemos jugar a “Busca a Wally”: encontrad al bufón, al rey, al monstruo-libélula, al hombre que se despeña, al ahogado con la pancha llena de agua y a la pareja de amantes que pasan de todo.

Total, que el terror inundaba las ciudades y las sociedades, surgían sectas hasta debajo de las piedras -algunas volvían a hacer sacrificios humanos-, la gente se suicidaba… un empastre que los gobiernos no sabían cómo erradicar porque también estaban cagaditos de miedo. Entre los años 1500 y 1650 se pintaron más de doscientas pinturas que representaban la destrucción de Sodoma y Gomorra, un episodio bíblico de clarísimas connotaciones apocalípticas y de castigo por no servir a Dios. Al final el apocalipsis que tanto temían no llegó, pero quedó para siempre plasmado en los lienzos y grabados que han pasado a la historia y nos previenen de fiarnos de estas predicciones de muerte y pánico.