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La muerte de Marat: el político mártir

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Vivimos tiempos políticamente duros. Una crisis económica que todo lo asfixia, una pérdida total de confianza en nuestros gobernantes -parece que nos hacen más mal que bien-, cada vez más gente se queda sin casa, los ricos son más ricos y los demás pierden lo poco que han conseguido, la clase política está lejos del pueblo y no se preocupa por los problemas del resto, surgen frases como “que se jodan” de boca de los necios de turno cuando aprueban recortes que afectan a los que menos culpa tienen en todo esto… A veces me da por pensar (aunque suene un poco bruto) que todo esto pasa porque a España no llegó la guillotina. Que tampoco es por meterme en asuntos políticos e ideologías, porque aquí no estamos para eso, pero parece que como aquí no llegó la Revolución los de arriba toman por tontos a los de abajo y solamente se preocupan por exprimirles el jugo (bueno, los billetes, porque otra cosa no les importa). Si cuando era el momento el pueblo se hubiera puesto en su sitio y hubiera cortado alguna cabeza que sobraba, otro gallo nos cantaría y existiría otra clase política más temerosa y respetuosa con los gobernados. Pero bueno, vamos a lo que vamos.

Hoy vamos a hablar de una obra que tiene mucho que ver con nuestro tiempo. Esta obra es “LA MUERTE DE MARAT“, de Jacques-Louis David (1.748-1.825).

Desde mediados del S. XVIII hasta mediados del S. XIX, Europa vivió una serie de cambios políticos, sociales y culturales que se proyectan en la Historia del Arte, asomándose hacia el espectador a través de las diferentes corrientes y movimientos complejos y diferentes al ojo atento. La Ilustración y la Revolución francesa no iban a ser menos, cambiando la mentalidad europea de una forma radical, y sentando las bases  del mundo que conocemos hoy en día. Esta obra se enmarca dentro del Neoclasicismo, que surge como protesta ante el movimiento anterior, el rococó (que se caracteriza, así hablando campechano, por pintar todo lo que se te ocurre quepa o no, y cuanto más inventes para que quede más cursi, mejor). El Neoclásico un arte frío y racional, que encuentra precisamente en los modelos de la Antigüedad Clásica la inspiración para desarrollar un arte ordenado, que refleje las virtudes morales del hombre  y que sea claro, simple y sencillo. Si la Ilustración defendía que todo el mundo pudiera ser instruido según el pensamiento lógico y científico, sin exageraciones, adornos ni religión o fantasías, pues el arte también seguirá esta doctrina y  transmitirá los valores del momento.

Pues bien, el autor de este cuadro estaba muy comprometido con la Revolución Francesa. Participó activamente en ella dentro del ala exaltada del grupo jacobino y amigo de Robespierre “el Incorruptible”. Fue uno de los regicidas que votó a favor de que le cortaran la cabeza a Luis XVI y a María Antonieta -de eso ya sabemos todos la historia-. Se convirtió en el pintor principal del Reinado del Terror; cuando murió, la Iglesia no permitió que recibiera un funeral católico… cosas de la época. Pero vamos a lo que vamos: ¿Quién es el protagonista de la obra que hoy nos ocupa?

La muerte de Marat

En esta obra queda inmortalizado el momento después de un crimen: el asesinato de Marat, que fue considerado una desgracia nacional. Pero… ¿quién era Marat?

La pintura representa el fallecimiento de un político y escritor de la época, Jean-Paul Marat, uno de los líderes de su tiempo. Éste escribía el periódico “El amigo del Pueblo“, que empatizaba totalmente con el pensamiento jacobino y era contrario a conservar en sus puestos intocables a los nobles/reyes/aristócratas, defendiendo la libertad de los habitantes de Francia.

Si alguien hoy en día mira la obra con poco interés, parece que el protagonista está tumbado desnudo en una cama y con un turbante en la cabeza, pero no es así. Marat aparece semi-sumergido en una bañera de la época, con el pelo recogido para evitar que se moje. ¿Qué hace en pleno baño?

La bañera nos transmite información acerca de este personaje: Marat a menudo tomaba baños de agua fría para suavizar los violentos picores y dolores de una enfermedad de la piel que, según dicen, había contraído años antes, cuando se vio forzado a esconderse de sus enemigos en las cloacas de París.

Incluso allí, metido en la bañera, trabajaba para la revolución: era metido en el agua helada donde escribía las cartas y mensajes inspiradores, pues se sobrepone al dolor para cumplir con su deber. Así pues, la bañera nos habla de la Virtud del protagonista, más preocupado por el pueblo y por el futuro de Francia que por su propio sufrimiento.

Junto a la bañera aparece una caja de madera, tosca y simple. No es ni siquiera una mesa, sino una caja. ¿Por qué? Este detalle representa la pobreza, la humildad, la integridad del político que desdeña los lujos conformándose con lo más básico. Habla de su comportamiento social, de su compromiso con los ideales revolucionarios. Y fue precisamente ese compromiso con el pueblo francés y ese trabajo el que lo llevó a ser asesinado: se buscó enemigos por sus ideas políticas -que, puntualizando, tampoco eran tan inocentes- y no solo los aristócratas, sino los contrarios a su pensamiento, decidieron acabar con su vida. También el remiendo de la sábana (que aparece en la parte inferior izquierda de la obra) nos subraya su pobreza y sencillez.

Fijémonos más en el detalle de la caja: en ella aparece un tintero, una pluma, una carta recién escrita y unos billetes. Esta carta recién escrita se dirige a una viuda, cuyo marido acaba de morir en la Revolución Francesa. Marat se preocupa por ayudarla (ayudar al pueblo que sufre y se entrega por el ideal de libertad) y le da su propio dinero para que ella pueda salir adelante. En esta carta, Marat escribe: “Entregue este billete a la madre de cinco hijos, cuyo marido ha muerto por defender la patria”.

La otra carta, que aparece aún sostenida por la mano de Marat, son unas palabras de una mujer pidiendo ayuda. Esta carta va firmada por una mujer, Marie Anne Charlotte Corday… acordaos de su nombre, porque luego viene la historia.

He aquí, en la parte inferior del cuadro, las dos armas: la pluma (el arma de Marat, el poder de la palabra y la razón) y el cuchillo (el arma del asesino, la forma de acallar sus ideas). El cuchillo aparece manchado aún de sangre brillante que mana de la herida en el pecho del protagonista (como vemos en el fragmento de abajo). La herida que mana del pecho o la sangre que tiñe de rojo el blanco que rodea la figura, no hacen más que insistir en la grandeza del héroe.

Pero el rostro de Marat no nos muestra ira, miedo o sensaciones negativas hacia la muerte, ¿no? Parece más bien tranquilo, y su boca luce una sonrisa… ésta es la sonrisa del deber cumplido, de haber llevado una vida plena y haber dejado completas sus responsabilidades. Marat puede morir tranquilo, pues ha sido capaz de cumplir su deber hasta el mismo momento de su muerte, que le sorprende escribiendo a los más desfavorecidos y trabajando por la Revolución.

Si volvemos a mirar la obra completa vemos cómo el fondo es totalmente sobrio, sin adornos de ninguna clase -recordad que el movimiento anterior a éste era el Rococó, menudo cambio-… pero sí hay un degradado, una sombra que va del negro al blanco: el espíritu de Marat se levanta y se aleja de los problemas (negro) para ir hacia la pureza y otro mundo mejor (blanco).

Pocas veces una pintura ha resultado tan paradójica, pues esta imagen polifacética es al tiempo un retrato, una pintura histórica en el más alto grado (el propio David lo subrayó en las listas que más tarde dejó de sus propias obras), una imagen realista, una idealizada, una cuestión candente, y una condensación erudita de múltiples modelos antiguos.

¿Pero, quién asesinó a Marat?

Está claro que la obra refleja un asesinato, no una muerte natural. ¿Quién acabó con la vida de este noble político comprometido con sus ideales, que era cercano al pueblo y se preocupaba por los desfavorecidos?

Pues ni más ni menos que la mujer que le envía la carta que sostiene en la mano. Charlotte Corday, de pensamiento monárquico, acudió expresamente a Francia para deshacerse de nuestro protagonista. Ella en un primer momento intentó disuadirlo de su actividad política: “ay, que si sigues así te vas a buscar enemigos”, “ay, que como sigas así vas a acabar mal”, “ay, que conozco gente que no te quiere bien”… típicas indirectas. Un día esta joven decidió que ya estaba bien de darle oportunidades para que dejara su senda política, y que era el momento de pasar a la acción.

Le envió una carta diciéndole que se había enterado de quiénes querían matarlo, y que le llevaría los nombres escritos en una lista esa tarde. Cuando Marat se metió en la bañera para aliviar sus dolores y trabajar, llegó ella. Y finalmente lo asesinó con un cuchillo que había escondido entre sus ropas. Ella, que había jugado a pasar por revolucionaria y a ganarse su confianza. Obviamente no acabó muy bien: le cortaron la cabeza cuatro días después. Charlotte creía que eliminando a Marat, acabaría con el terror de la revolución: “He matado a un hombre para salvar a cien mil”, se defendió antes de morir.

Marat y el pintor fueron amigos, así que al enterarse de su asesinato decidió inmortalizarlo en esta obra. La muerte de Marat cayó en desgracia al tiempo de la caída y ejecución de Robespierre, cuando acabó el Reinado del Terror. El artista fue perseguido por su participación en el Terror como amigo íntimo de Robespierre. Actualmente el cuadro “La muerte de Marat” se ha convertido en todo un icono y se encuentra en los Museos Reales de Bellas Artes, en Bélgica.